Aperitivo: A punto de derrocar al gobierno de Charles de Gaulle, el movimiento estudiantil de 68 fue visto como legítimo por dos razones: un "gobierno pródigo en faltas", cuya represión brutal precipitó los acontecimientos; y por un argumento que se convirtió en una herencia en la historia actual de la protesta, "por definición, los jóvenes no pueden no tener razón". De botana: Sin embargo, esta legitimidad inherente a las protestas estudiantiles de ninguna manera significaba una condición irreflexiva, a priori: en la experiencia histórica, universitaria, de los jóvenes estaba ya incubada su indignación, su "crítica del mundo y de los hombres públicos". Entremés: En México, más allá de los mitos heroicos y organizativos, trágicos y pesimistas, la matanza de estudiantes de 1968 es el estandarte del cual se desprenden los criterios de la época contemporánea para comprender y estigmatizar a los movimientos estudiantiles. Entre semana: Se dice que es el 68 el momento en el que se fundan muchas de las libertades actuales y que al mismo tiempo acelera el proceso de reconocimiento y defensa de los derechos humanos. Sin embargo, el 68 es también una herencia envenenada, al inaugurar un tipo de violencia inédita, de exterminio selectivo y estratégico: Desempance: Los gobiernos heredan la risa grotesca de Díaz Ordaz, la soberbia autista del poder del Estado y el patriarcado gubernamental que defiende las razones del orden a partir de la represión y la matanza, que se complementa en su irracionalidad a partir de la frase "y lo volvería a hacer" de Díaz Ordaz. Un vejigazo: A partir del 68 se afirman, crecen y languidecen las formas más variadas del escepticismo para interpretar los movimientos estudiantiles. La herencia de las protestas del 68 es ambigua, doble, paralela: por un lado, inauguran las movilizaciones de masas donde se expresan las rupturas generacionales, el hartazgo ante el orden político y cultural dado, el cuestionamiento de las jerarquías; Una campechana: Por el otro, heredan también los mecanismos represivos que hasta el día de hoy dominan las decisiones de los gobernantes y orientan muchas de las opiniones de la sociedad: en nombre de "restablecer el orden", los estigmas sobre lo que significan las movilizaciones estudiantiles azuzan las "soluciones" represivas. Un hidalgo: Se duda de que los motivos de una protesta estudiantil sean legítimos, se crea el mito de los intereses oscuros que manipulan conciencias o el mito de una conspiración extranjera. Por otro lado, el escepticismo "liberal" o progresista afirma que las protestas estudiantiles no cuestionan a profundidad la estructura de la sociedad y del poder político, que son simulacros de rebelión, funcionales al sistema al que supuestamente se oponen. La del estribo: El movimiento estudiantil #YoSoy132 no ha sido la excepción y ha heredado diversos estigmas sobre su legitimidad. La peculiaridad del movimiento es que nace de una aceptación mínima, de un frágil consenso que no puede repudiar ni regatear el núcleo básico de su protesta: el rechazo vehemente, dolido, generacional, del poder desmedido de los medios de comunicación, y en particular de Televisa. La caminera: A este rechazo se suma otro; un antipriismo que se expresa en la figura de Peña Nieto, que lleva consigo una protesta inherente contra la restauración del PRI como partido de Estado; además, el maridaje entre Peña Nieto y Televisa resuena como un tópico ampliamente aceptado en la fatalidad contemporánea que se impone desde el poder político y cultural. La penúltima: Se dice que la misma raíz del #YoSoy132 es limitada, que es muy fácil protestar en Internet o simular una revolución desde el Twitter o el Facebook, que esa ideología de la protesta es presa de una superficialidad que tarde o temprano limitará los alcances del movimiento. La última y nos vamos: Si bien esa mutación de la subjetividad que se expresa en Internet ha traído procesos de gran magnitud en la estructura emocional de la sociedad, también es cierto que esas mismas tecnologías, que pueden parecer funcionales al capitalismo corporativo, todavía no definen del todo su lugar como herramientas críticas, informativas y comprensivas de la época que vivimos. Otra una: En la era de las rebeliones acotadas, de los levantamientos indígenas contra el crimen organizado o contra gobiernos locales en los que más bien está en juego la sobrevivencia de la comunidad que el objetivo de derrocar a algún gobierno; Otra más: En la época del simulacro de revoluciones tersas desde el poder, en la que cierto lenguaje subversivo heredado de décadas anteriores está tan asimilado que es de uso corriente en las campañas electorales. De la casa: En fin, en medio de la incertidumbre episódica por la próxima elección presidencial en México y de un movimiento estudiantil que ya ha logrado, al menos, transmitir su protesta con furia y claridad, no estaría de más recordar las palabras de ese lúcido conservador que fue Raymond Aron al pie del mayo francés de 1968: "las grandes batallas no siempre exigen grandes causas".
Comentarios
|
|
|
PUBLICIDAD
|
|
|
|