Cruel realidad

Las niñas y niños a lo largo de la historia han sido el grupo más vulnerable de la población. En las diferentes civilizaciones han sido objeto de toda clase de abusos y violencia, de ahí el tardío reconocimiento de sus derechos humanos y fundamentales tanto a nivel internacional como nacional.

A pesar del vasto andamiaje normativo, hoy resulta evidente que la respuesta a la problemática que viven las niñas, niños y adolescentes no se agota en el campo de lo jurídico, sino que es necesario redoblar esfuerzos en los ámbitos familiar, social, cultural y humano. Es urgente penetrar en ese espacio íntimo de interacción, donde se construye el tejido social y, paradójicamente, comienza también su proceso de descomposición.

El Siglo XXI y sus vertiginosos procesos de globalización y tecnologización han traído consigo altas expectativas, entre éstas que los derechos de las niñas, niños y adolescentes sean garantizados por el Estado y respetados por su familia, escuela y comunidad; sin embargo, la realidad es muy diferente. La era del conocimiento no ha podido aún penetrar en el ámbito de las consciencias, es decir, no necesariamente el desarrollo tecnológico va a la par del desarrollo moral.

México ocupa el primer lugar en violencia física, abuso sexual y homicidios de menores de 14 años entre los países de la OCDE. En nuestro país cada día mueren 3 niños víctimas de violencia y una de cada 5 adolescentes contrae matrimonio antes de la mayoría de edad. Uno de cada 10 menores de edad no asiste a la escuela, 2.5 millones de niños trabajan y al menos 1.3 millones participan en trabajos de alto riesgo. Unicef estima que en nuestro país 62% de los niños han sufrido maltrato en algún momento de su vida.

Millones de niñas, niños y adolescentes en México, crecen en un ambiente de violencia física, sexual, psicológica, discriminación y abandono. Violencias que permanecen ocultas, aunque de alguna manera son aprobadas socialmente. Por ello, es urgente imponer castigos ejemplares y transformar la mentalidad de la sociedad. Apremia romper las creencias sociales y prácticas culturales que los padres, maestros y adultos en general tienen hacia los niños y niñas.

Si las familias mexicanas no respetan a las y los menores de edad, el “bullying” y las conductas delictivas serán difíciles de erradicar, será casi imposible reconstruir el tejido social y erradicar la violencia que tanto nos lastima.

México registra altos índices de abuso sexual infantil, en donde las víctimas son en su mayoría niñas, lo que me hace recordar que somos el primer lugar de los países de la OCDE en embarazo adolescente, ¿no será que hemos equivocado las políticas públicas enfocándolas al ejercicio sexual responsable, cuando en realidad estamos ante una alarmante cadena de abusos sexuales?

La realidad cotidiana de niños y adolescentes en nuestro país se ha convertido en puerta abierta para tratantes y todo tipo de delincuentes. No es casual que México tenga también el primer lugar en pornografía infantil y, que la trata de personas sea la segunda fuente de ingresos ilícitos.

La crueldad, discriminación y extrema violencia de la que todos los días miles de menores de edad son objeto en nuestro país, revela el tipo de sociedad que somos y, peor aún, en la que en un futuro no muy lejano nos podemos convertir.

Concientizar, reeducar e introyectar en cada adulto el respeto, cuidados y solidaridad que merecen las nuevas generaciones y la importancia de otorgárselos sin reserva, en beneficio de la humanidad y de su proceso de humanización, es una tarea que corresponde no sólo al Estado, sino también a cada una de las mujeres y los hombres que integramos la sociedad, quienes tenemos que ser capaces de entender, mirar y colocar a la infancia en el sitio que realmente le pertenece.