*En Nuevo León

*Serio incendio

Para el devaluado y señalado exgobernador de Nuevo León, Rodrigo Medina de la Cruz, los tiroteos registrados durante el fin de semana del 19 al 21 de junio de 2015 y mantenidos los días subsecuentes –dos años completos de impunidad-, con saldos de varias decenas de muertos, fueron casi rutinarios y debieron observarse como “hechos aislados” aunque el número de víctimas fuese impactante. En otras expresiones poco usuales en el vocabulario oficial, el exmandatario repudiado y apenas alcanzado por “El Bronco”, fallido aspirante presidencial –una verdadera locura-, habló de “ajustes de cuentas” como si fuera parte de las redes delincuenciales y supiera los motivos de fondo que ocasionaron el violento finiquito de su régimen. ¿Fue esta la manera de blindarse enviando un mensaje, de paso, a su sucesor, Jaime Rodríguez “El Bronco”, quien ha gobernado más solo que en el desierto en cuanto a la clase política y con menguante apoyo de la ciudadanía? Votaron por él, no se olvide, el 49 por ciento de los electores en una de las pocas regiones en donde NO venció el abstencionismo.

El señor Medina busca también cubrirse las espaldas respecto a los escándalos relacionados con sus movimientos inmobiliarios, sobre todo los que han estado a cargo de su padre, Humberto Medina Ainslie, de quien ha pretendido deslindarse alegando que cuanto éste ha labrado se debe a cuarenta y siete años de trabajo, y por cuanto no es funcionario público es libre de hacer negocios y operaciones de acuerdo a sus intereses, lo mismo en el caso de sus hermanos igualmente “exitosos”... a partir de la entronización de Rodrigo.

Por cierto, los neoleoneses recuerdan, con precisión, cómo el señor Medina de la Cruz optó por refugiarse, junto con su familia, en San Antonio, Texas, durante casi dos años; sólo retornaba a Monterrey, a despachar brevemente en Palacio de manera perentoria y con una guardia digna de uno de los grandes dictadores del continente. El miedo rebasaba la superficie por el dominio de los narcos, quienes se daban el lujo de cerrar, cuando querían, las arterias principales de la capital de la entidad y colgar cadáveres, con leyendas grotescas, sobre los pasos peatonales y los desniveles. Daba la impresión de que la productiva Monterrey viajó hacia el pasado para aterrizar, la ciudad y sus habitantes, en los escenarios del Viejo Oeste con John Wayne a la cabeza. Total, el entonces embajador de los Estados Unidos en México también pudo formar parte de la coreografía por su nombre: Tony Wayne.

Pero llegó el 4 de marzo de 2011 y los derroteros cambiaron. Ese día, un aniversario más de un PRI envalentonado por contar con un candidato mediático, el coahuilense Humberto Moreira Valdés, el hombre que más ha endeudado a su entidad para favorecer la campaña de Enrique Peña Nieto, cobraba sus bonos asumiendo la presidencia del PRI nacional con una parafernalia digna de una estrella de cine, con bombardeos constantes para exaltar su personalidad y un discurso atemorizado de acuerdo al análisis de la mayor parte de los concurrentes. Pocos sabían, salvo la delegación de Coahuila que a esa misma hora Saltillo, la capital, era centro de tiroteos por doquier acreditados a las mafias que habían herido a Monterrey y parecían desplazarse hacia el oeste con tal de amedrentar a quien estaba señalado para ser quien hiciera los trabajos sucios a la vera de Peña Nieto.

Por las Alcobas

Poco después llegaron los incendios que devastaron los bosques de Coahuila -200 mil hectáreas-, como nunca antes, y la frenética búsqueda de hilos conductores que permitieran confirmar los desvíos –que sí los hubo- desde las finanzas estatales; el escándalo fue tal que Moreira se marchó del PRI pero dejó a su heredero, su hermano mayor, Rubén, instalado en la gubernatura para asegurar el cacicazgo familiar aun cuando las desavenencias fraternales son peores a las que suelen darse entre los peores enemigos. Humberto se refugió de la paliza y Rubén siguió con la pistola al cinto con una gran capacidad de reacomodamiento. Ahora aseguran que ya tiene la confianza de Peña, quien le permitió por la vía del fraude dejar a su títere -Miguel Ángel Riquelme Solís- y algunos de sus gobernados ya comienzan a sopesar –lo que sería una burla gigantesca a la democracia y la confirmación de la exaltación aristocrática- la posible exaltación de alguno de sus hermanos, Carlos, posiblemente, al estilo de “Yuneslandia”, con el trono y el cetro en las caderas y en las manos respectivamente, dentro de cinco cortos años, bajo el mando de una madre autoritaria y entrometida que provoca el pánico entre su desbalagada descendencia, doña Evangelina Valdés.

El hecho es que, a partir de aquel momento, Coahuila se incendió y Nuevo León pareció entrar en un letargo con Rodrigo Medina más tranquilo y hasta con presencia en Monterrey, en el Palacio de Gobierno, a pesar de algunas serias matanzas como la del Casino Royale con saldo de dieciséis muertos en agosto de 2011, precisamente.

¡Sálvese quién pueda!

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