Sidibé documentó con su cámara la vida en Mali

Su estudio sigue estando allí, en la puerta 508 del barrio Bagadadji, en Bamako. Pero desde abril de 2016 Malick Sidibé, el gran fotógrafo de la ”Dolce Vita Maliana” de los años 60 y 70, ya no está.

”Una mala enfermedad se lo llevó. Pero el espíritu de Malick sigue aquí, entre estas cuatro paredes y en sus cámaras de foto”, asegura su hijo favorito, Abdul Karim.

Malick Sidibé forma parte del Olimpo de los mejores fotógrafos del mundo. Narrador indiscutible del fermento cultural de Mali después de que se independizase de Francia, en 1960, Sidibé se ganó el título de fotógrafo más importante de su país y de todo África.

A lo largo de su extensa carrera ganó premios de mucho prestigio, como el Premio Hasselblad 2003, el León de Oro por su trayectoria en la Bienal de Venecia -el único africano que lo ganó- y el World Press Photo en 2010.

Igualmente importantes son los espacios donde se exhibieron sus imágenes, como la Galería Jack Shainman de Nueva York y la Fundación Cartier de París.

”Es impresionante que un hombre con orígenes tan humildes fuese capaz de pisar los escenarios de los grandes de la fotografía, ¿verdad?” Cada vez que hablamos de su padre, a Abdul Karim se le iluminan los ojos. Malick Sidibé, nacido en 1936, nació y creció en el pueblo de Soloba, a 300 kilómetros de Bamako.

Cuando era pequeño se ocupaba de los carneros de la familia, pero su vena artística no tardó en hacerse evidente, hasta tal punto que en 1952 sus padres decidieron enviarlo a la capital del país para estudiar dibujo en el Instituto Nacional de Arte. Fue el primero de su familia en tener educación superior.

“En 1955 -cuenta Abdul Karim- Malick se dio cuenta de que su verdadera pasión era la fotografía. Aprendió la técnica de manera autodidacta y lo tomaron como aprendiz en un estudio”.

“Al año siguiente pudo comprarse su primera cámara, una Brownie Flash, y al poco tiempo su nombre comenzó a circular por Bamako. En 1962 abrió su propio estudio: el Studio Malick. Este estudio”, dice Malick señalando el interior del recinto.

Unos pocos metros cuadrados, mucho polvo y un gran desorden. Cuesta creer que este fuera el estudio del gran Malick Sidibé. Pero el letrero en la puerta principal y una gigantografía del artista en la que levanta triunfante el León de Oro, colgada de una pared exterior, no dejan lugar a dudas.

Hay una pared entera, con tres ménsulas, dedicada a exhibir sus equipos fotográficos. Hay al menos 50 ejemplares de cámaras, todas analógicas, y entre ellas también está la legendaria Brownie Flash.

“Malick documentó nuestro país independiente como nadie supo hacerlo jamás –relata Abdul Karim-. Hombres a bordo de una Vespa; parejas bailando; hombres en actitud intimidatoria con gafas de sol, sombreros extravagantes, pantalones acampanados y zapatos de cuña. Y más cosas: matrimonios, bautizos, fiestas en discotecas...”.

“Malick era requerido por todos. Al día siguiente exponía en su estudio los negativos, y los interesados podían pedir las fotos reveladas. Fue testigo de un increíble fermento cultural, hijo también de las modas europeas. Explicaba un Mali distinto. Alegre. No un África de dolor y pobreza”, recuerda.

En los años 60 y 70, Malick Sidibé estaba en todas partes. No fue por casualidad que lo apodaron ”el ojo de Bamako”. Todos creían que su estudio era su familia. No descansaba nunca: trabajaba 365 días al año.

Los jóvenes de la época confiaban en él: estaban a gusto, cosa que garantizaba la autenticidad de la foto. Unas imágenes estrictamente en blanco y negro.

”Desde 1976 se centró en el trabajo de estudio. Las cortinas a cuadros y rayas utilizadas como fondo para retratos datan de esa época. Son una de las marcas registradas de Malick”, dice Abdul Karim.

Abdul Karim tiene 38 años y es uno de los más jóvenes de los 17 hijos que tuvo Malick con tres esposas. En 2006 fue designado por su padre como heredero en su carrera fotográfica.

“No sé por qué entre tantas opciones me eligió a mí. Tal vez fue mi dedicación a él y a este lugar sagrado. Me animó a estudiar la electrónica de las cámaras fotográficas, porque decía siempre que hay que estar al día, aunque él nunca abandonó el analógico”, añade el muchacho.

Desde entonces Abdul Karim dirige el Studio Malick. ”Los primeros años papá siempre estuvo a mi lado como asistente y al mismo tiempo observaba mis errores y me los señalaba. Me sentía presionado, pero sabía que con él cerca mejoraría muchísimo mi técnica. Fue un gran maestro”.

El 14 de abril de 2016, Malick murió de cáncer. Recibió funerales de Estado: todo el país y muchos colegas de renombre internacional lo lloraron. Hoy la actividad del Studio Malick continúa con Abdul Karim.

Una de las principales fuentes de ingresos son las impresiones de los negativos originales, los pocos que quedan en la familia Sidibé. La gran parte del archivo fue comprada por coleccionistas privados o fundaciones.

Los precios siguen siendo económicos teniendo en cuenta que estamos hablando del mejor fotógrafo africano de todos los tiempos: 45 dólares por una impresión de 10x15 cm; 90 dólares por una de 15x20 cm; 180 dólares por una de 32x47 cm.

Un retrato en blanco y negro en formato medio hecho por Abdul Karim cuesta 45 dólares. Los occidentales se encuentran entre los principales clientes.

”El espíritu de Malick es el corazón de mi trabajo. Cuando alguien viene aquí para hacerse una foto o para encargarme un trabajo, quiere que mi ojo sea guiado por el espíritu de Malick. Él es y seguirá siendo inalcanzable, yo me limito a seguir sus enseñanzas”, dice el heredero.

“La gente dice que el Señor lo envió a la Tierra. Él se preocupó por todos los problemas de Mali. Siempre tuvo un arma con él: su cámara de fotos. Con ella conseguía dar dignidad a cualquier tema, incluso al más humilde. Espero poder transmitir su visión de nuestra sociedad a las nuevas generaciones, se lo prometí”, enfatiza.