Claramente todo el ánimo y expectativa de las campañas electorales está en el día a día. Los candidatos están atentos a lo que dicen sus oponentes, para rebatir y descalificar inmediatamente las ocurrencias de sus contrarios, salvo que uno de los participantes haya decidido declinar de la competencia, entonces recibirá todo tipo de halagos e invitaciones para sumarse a otros equipos. No importa lo que se hayan dicho o lo que se hayan hecho; la coyuntura, los intereses, las presiones y el pragmatismo, los vuelven a juntar. Los principios y las convicciones son secundarias y nada de esto aporta al buen gobierno.

En este sentido, es imposible transferir votos en bloque hacia otra opción electoral. En algunos casos, se inclinarán por el abstencionismo, pero lo relevante es que no cambia en mucho el tablero de preferencias, dado el bajo apoyo electoral con el que contaba la candidata independiente.

¿Cambiará algo de aquí a cuarenta días que quedan de campaña? Difícil predecir el futuro, pero estoy cierto que no habrá modificación alguna en la narrativa del proceso. Seguirán las mismas posiciones con los mismos discursos y ataques, nuevos memes y más polémica en redes sociales, que cada vez es más agresiva y ofensiva, lo cual nos está dejando como resultado una sociedad dividida y polarizada polticamente, que a nadie conviene, menos a quien vaya a ser electo presidente de la República y a quien esté llamado a ocupar la Secretaria de Gobernación.

Esto no es bueno, porque a diferencia de otras democracias, nuestro sistema constitucional no tiene las reglas adecuadas para procesar diferencias políticas que llevan a la polarización. Es lamentable que la clase política no aprovechó las oportunidades que ofrecieron las diferentes alternancias electorales, para edificar un nuevo arreglo de gobierno, dada la pluralidad que se refleja en el espectro de la representación nacional del Congreso y de los gobiernos locales. Con bastante irresponsabilidad y miopía, dieron mayor importancia a crear un sistema electoral que tendiera a fragmentar el voto, en lugar de construir una casa en la que la representación plural pudiese también ser funcional y eficaz.

No obstante lo anterior, se presenta la oportunidad para que el nuevo gobierno y la nueva representación del Congreso impulsen nuevas reglas para mejorar la mecánica en el funcionamiento del poder público. Esto no quiere decir que necesitamos de una nueva Constitución, pero si de nuevas disposiciones que atiendan las nuevas realidades políticas. La legislación del gobierno de coalición es otra cosa.

Por lo pronto nos hemos dado cuenta que es necesario e inaplazable, la instauración de la segunda vuelta electoral, con el fin de evitar gobiernos de minoría que no tienen la suficiente legitimidad ni fuerza para enfrentar a un Congreso adverso a nivel federal, lo que da como resultado un gobierno paralizado, como fue el caso de Fox, cuando fue presidente.

En el caso de que el próximo presidente cuente con el apoyo de la mayoría calificada de su partido o coalición, no quiere decir que en el futuro no volvamos a tener presidentes con un gobierno dividido, por ello es importante atender los desafíos que pueden volver a presentarse, para edificar las reglas que permitan mejorar la legitimidad y gobernabilidad que necesita un gobierno democrático de tipo presidencial, como es el nuestro.

El día después de la elección tendremos una nueva recomposición del espectro de los partidos políticos. Muy probablemente van a desaparecer algunos cuantos y otros quedarán muy debilitados. Lo cierto es que únicamente quedarán los que tienen presencia nacional y por fortuna representan las distintas posiciones ideológicas de la sociedad. ¿No será el momento oportuno para pactar las nuevas reglas, en donde se construya un nuevo sistema de partidos, que mejore la representación y evite a fragmentación? ¿Será el momento apropiado para revertir la polarización y el abuso de franquicias familiares que se han hecho llamar partidos políticos en detrimento de nuestra democracia?

Lo sabremos un día después.