México está atravesando uno de sus momentos más dramáticos. La dificultad de sus circunstancias se define por los factores de su realidad más inmediata: elecciones internas y tensiones en el exterior. A la par de que celebraremos las elecciones más reñidas desde hace 18 años, en las que los resultados parecen ser determinantes para el futuro mexicano y donde la sociedad estará evaluando la política mexicana que se desarrolló desde la alternancia en el poder, la política internacional sufre los caprichosos embates del norte, militarizando la frontera y amenazando con frenar uno de los tratados internacionales que resulta central para la economía nacional. Los tiempos no son fáciles y la sociedad mexicana lo sabe. El debate interno se vuelve cada vez más encarnizado y la relación con el mandatario estadounidense cada vez más confusa. No la relación con su pueblo, con aquellos a quien él representa, pues el pueblo estadounidense, en su inmensidad, siempre ha sido amigo de México y lo seguirá siendo.

En medio de todo este torbellino, se necesitaba un llamado a la mesura y a la unidad. Alguien que nos mostrara cómo se lleva el timón. Una voz de tranquilidad, que nos dijera que no debatimos por cosas distintas aunque difiramos en los medios para conseguirlas. Que nuestros deseos no son tan diversos como los pintamos. Necesitábamos una voz que nos dijera que todos debemos dirigirnos al único destino que en realidad deseamos: México y su bienestar, México y su progreso, México y su gente. Que la democracia consiste en eso, no en un pleito de descalificaciones, sino en el mecanismo que asegura que todos definamos el mejor futuro.

Enrique Peña Nieto fue esa voz. Se mostró como un hombre de consensos, al sumarse al pronunciamiento del Senado y al sumar a los candidatos presidenciales. Se mostró como un hombre de razón, al subrayar que es del interés de todos los mexicanos conservar la unidad en los objetivos nacionales y defender la dignidad de nuestro pueblo. Se mostró como hombre de valor, al dar un golpe en la mesa, y decirle al vecino del norte: ya basta.

Sus palabras no sólo se dirigen a una situación derivada de las acciones estadounidenses. Se dirigen a un momento único de nuestra historia nacional. Se dirigen a nuestra sociedad en un momento en el que el país se vuelca sobre las elecciones más importantes desde el 2000, y nuestra nación se siente tambalear. Se dirigen a los candidatos, cuando les dice que esto es ser un hombre de Estado, llamar a la unidad, llamar a la razón, llamar a la mesura. Se dirigen al resto de naciones, al decirles que México no está a la venta ni puede ser maltratado.

El mensaje de nuestro Presidente, tiene muchos niveles de entendimiento que derivan de sus palabras, de su momento, de su circunstancia. Si el arte de la política es saber leer los tiempos, el Presidente supo hacer política y hacer valer su voz.

El miedo nunca ha sido buen consejero, pues hace que perdamos la esperanza y que no visualicemos el futuro. No procura acciones a largo plazo, sino sólo resultados inmediatos. El miedo no debe ser el gatillo que nos impulse ni el discurso que nos allegue. El miedo separa, distorsiona y divide. No sucumbamos ante el miedo, recordemos que: “Hay algo que a todos, absolutamente a todos los mexicanos, nos une y nos convoca: la certeza de que nada ni nadie está por encima de la dignidad de México”.