Junto con la “nación” y los “derechos del hombre” nació la distinción entre izquierda y derecha. Según cuenta la historia, esta geometría del espacio político se originó en Francia el 28 de agosto de 1789, día en que la Asamblea Constituyente debía decidir sobre el poder que habría de tener el rey. A la izquierda del presidente de la Asamblea se agruparon los revolucionarios que proponían reducir su poder al mínimo e instaurar la República, y a la derecha los que defendían la monarquía constitucional.

Durante el siglo XIX se consolidó la antinomia para designar a los bandos que pugnaban por la conservación o el cambio de las estructuras sociales y políticas. Izquierda y revolución quedaron atadas en lo sucesivo y, a su vez, la revolución hizo de las suyas para convertirse en el motivo de las sempiternas divisiones. Y estas divisiones no hicieron sino ampliarse a medida que el desarrollo político fue mostrando caminos para el cambio en los que no era necesaria la revolución, sino algo más profundo y menos espectacular.

El célebre “topo de la historia” mostró contundentemente varias lecciones en los siglos XIX y XX: 1) que la economía y la sociedad pueden adoptar diferentes formatos gracias a las estrategias democráticas para el cambio a favor de la igualdad económica y social; 2) que el “socialismo” no es ni puede ser “científico”, como lo quisieron Marx y Engels, por la sencilla razón epistémica de que no se puede encontrar una “racionalidad subyacente” a la acción humana, porque en ella misma halla su explicación apropiada y desmitificada; 3) que no hay un destino último que “corone” la historia detrás del cual deberíamos alinearnos siguiendo la palabra de vanguardias mesiánicas.

A estas lecciones generales se suma la prueba de la realidad empírica: el estrepitoso fracaso del “socialismo realmente existente” en la Unión Soviética, China y satélites tropicales del que únicamente sobrevive la autocracia.

Estas lecciones tienen su reverso de la moneda. 1) Que es posible formar voluntades que orienten el desarrollo político a favor de la igualdad, precisamente porque la sociedad es moldeable y que el mejor de los caminos para conseguir este objetivo es la democracia política; 2) que la imprevisibilidad de todo orden futuro requiere la potenciación de esa voluntad incorporando democráticamente a todos los agentes sociales a las decisiones colectivas, y 3) que la lucha política democrática no puede aceptar bajo ninguna circunstancia la imposición autoritaria, incluida la de la izquierda autoritaria (valga la redundancia).

Así, la “dictadura revolucionaria” es inaceptable porque conduce al totalitarismo y porque está probado que es innecesaria para el cambio social habiendo democracia. La división fundamental en las izquierdas es entonces la que se da entre quienes aceptan y quienes rechazan estas lecciones y sus derivados. La diferencia no puede ser más tajante: de un lado un “nunca más” a las dictaduras de partido, del otro la necia repetición del error ya cometido y que ha causado millones de muertos.

La consecuencia mayor de esta división es que la distinción fundamental que opone a las izquierdas no es la justicia o la injusticia, sino la democracia y la autocracia. La diferencia importa, porque a pesar de compartir el propósito de un orden justo, para la izquierda democrática es inaceptable —y una contradicción en los términos— la pretensión de construir ese orden mediante la imposición de la autocracia, como lo quiere la izquierda autoritaria.

Se equivocan los que siguen aduciendo que hay un fin de la historia, que el socialismo puede ser “científico” y que debe imponerse la dictadura “buena” de la vanguardia revolucionaria sustituyendo la democracia política. Junto con su imagen invertida en la derecha fascista son los responsables del avance de la autocracia. Son los que defienden a los Castros, los Maduros y los Ortegas de este continente y que proponen dirigirnos al despeñadero.