El estigma del trabajo infantil

Con mucha seriedad, Diego “N” limpia los contenedores que guardan las esencias de los raspados que vende a diario. Tiene 11 años de edad, pero la altura suficiente para conducir el triciclo con el que recorre los parques de Tuxtla Gutiérrez. Hace nueve meses llegó de la comunidad El Niz, municipio de Oxchuc, habla tseltal y español, no confía en los caxlanes y tampoco que le tomen fotografías, dice mientras observa a su alrededor expectante y argumenta que tiene miedo de los “fiscales” del Ayuntamiento. Su patrón les ofreció trabajo a él y otros adolescentes de su comunidad, los trajo a Tuxtla, y por vender los raspados les pagan 800 pesos semanales a cada uno. “Vine solito”, dice Diego, pero comparte un cuarto con dos personas más, igual menores de edad que migraron, “hay uno de Ocosingo”. Se despierta todos los días a las 7 de la mañana para arreglar todo lo que carga en el triciclo y para ir por el hielo. Siempre se hace acompañar de más vendedores, también adolescentes. Oferta raspados de manera interm