La Marimba, vida después de la covid-19

Antes de la puesta del sol y con los últimos rayos iluminando el quiosco central, en punto de las 17:30 horas comienzan a escucharse las melodías que se emiten desde las maderas que cantan. En este espacio la alegría surge a partir de los colores que se imprimen en los adornos, las melodías, los niños y niñas que corren y de los rostros de felicidad de los bailadores, así como de quienes con orgullo acuden a escuchar el son de la marimba. Familias enteras, turistas nacionales, y en ocasiones extranjeros, parejas y hasta solitarios escuchas, los bailarines se congregan en los alrededores del quiosco, pero no se puede evitar ver entre la multitud a algunos que por su vestimenta destacan con sus peculiares zapatos de charol o brillantes por la grasa aún fresca, llevando sombreros con plumas y mujeres que portan con orgullo el traje típico de las chiapanecas. Es el caso del señor Roberto Bernardino Molina Coutiño, quien desde hace 21 años acude al parque y asegura que casi todos los días va a escuchar las canci