Niños esperan aún el anhelado retorno

Una veintena de voluntarios entran y salen de la casa parroquial de Chalchihuitán. Algunos descargan víveres, ropa, maíz y otras donaciones procedentes de diversas partes del país para los campamentos de desplazados. Otros más cargan tanto como pueden las pequeñas camionetas que llevan lo necesario a los refugiados para resistir el destierro y las temperaturas que han bajado hasta los diez grados centígrados, en más de una docena de veces en el último mes. Los que no cargan y están afuera, en aparente pasividad, también tienen una función. Día y noche algunos pobladores de la cabecera se turnan para resguardar la parroquia de San Pablo, luego de que en las últimas semanas advirtieran la presencia de vehículos tripulados por vecinos de Chenalhó, presuntamente armados y en actitud amenazadora afuera de la casa parroquial. Uno de los campamentos de desplazados, en el paraje Ch´enmut, está repleto de niños. La mayoría de los hombres no tienen más remedio que ir hacia las montañas circundantes, donde los cafetale