La primera batalla por el título del Clausura 2026 dejó de todo menos tranquilidad. Cruz Azul y Pumas firmaron una final de ida cargada de intensidad, reclamos y emociones en el Estadio Ciudad de los Deportes. El marcador no reflejó lo que ocurrió en la cancha, porque los celestes dominaron largos lapsos del encuentro. Sin goles finalizó y dejando todo a la suerte en CU. Desde el silbatazo inicial, el equipo celeste tomó el control del partido. Cruz Azul presionó alto, recuperó rápido el balón y llevó peligro constante al arco universitario. José Paradela, Carlos Rotondi, Ebere y Palavecino encontraron espacios, pero enfrente apareció una figura que cambió la historia de la noche. Keylor Navas volvió a demostrar por qué llegó como estrella a Pumas. El arquero costarricense respondió en cada centro y cada disparo de los cementeros. Su experiencia sostuvo a los universitarios en los momentos más complicados y evitó que la final tomara otro rumbo desde la primera mitad. Anulan penal La jugada que incendió el est
Cruz Azul deja vivo a Pumas
La primera batalla por el título del Clausura 2026 dejó de todo menos tranquilidad. Cruz Azul y Pumas firmaron una final de ida cargada de intensidad, reclamos y emociones en el Estadio Ciudad de los Deportes. El marcador no reflejó lo que ocurrió en la cancha, porque los celestes dominaron largos lapsos del encuentro. Sin goles finalizó y dejando todo a la suerte en CU. Desde el silbatazo inicial, el equipo celeste tomó el control del partido. Cruz Azul presionó alto, recuperó rápido el balón y llevó peligro constante al arco universitario. José Paradela, Carlos Rotondi, Ebere y Palavecino encontraron espacios, pero enfrente apareció una figura que cambió la historia de la noche. Keylor Navas volvió a demostrar por qué llegó como estrella a Pumas. El arquero costarricense respondió en cada centro y cada disparo de los cementeros. Su experiencia sostuvo a los universitarios en los momentos más complicados y evitó que la final tomara otro rumbo desde la primera mitad. Anulan penal La jugada que incendió el est