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Carrie White es el "bicho raro" del instituto, una chica tímida, callada y acomplejada. Todo el mundo lo sabe y se aprovecha de ello, y su madre, una extremista de la Iglesia metodista, no ayuda mucho a su aceptación social. Ese es el escenario de Carrie, una chica acostumbrada a las burlas, a las risas, a los abusos en el colegio, a estar permanentemente marginada; una chica que, cuando llega a casa, le esperan los sermones religiosos de su madre viuda, las oraciones en la capilla familiar, los azotes, las penitencias, las horas de arrepentimiento encerrada en un cuarto de pensar. Su madre es una mezcla de autoridades, la paternal y la religiosa. No le permite llevar nada que llegue por encima de las rodillas o enseñe más debajo de las clavículas, y la obliga a rezar a todas horas y a no relacionarse con los demás. Por si fuera poco, la señora White no ha enseñado a su hija nada sobre la sexualidad y no le ha explicado a Carrie qué es la menstruación. Ahí empieza, cuando Carrie, con 16 años, se ve sorprend