Muchos libros, amplios pasillos y pocos niños

La memoria asalta a quienes regresan a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara tras dos años de ausencia. Los recuerdos surgen como cascada. Es la vieja conocida, pero al mismo tiempo es otra, hay un orden distinto en cómo las editoriales exhiben sus libros y faltan otras a quienes la crisis económica les impidió llegar. Hay muchos libros, pero poca fastuosidad en los diseños de los stands (están más contenidos) y los pasillos hoy son amplísimos. La rareza no está en atravesar, entre la emoción y la curiosidad, el largo filtro principal dotado de pequeños aspersores que lanza una solución desinfectante a todos los visitantes, tampoco está en la exigencia permanente del cubrebocas, la toma de la temperatura y el uso constante del gel antibacterial; la rareza está en la ausencia de taquillas y en las largas filas de jóvenes comprando boletos. Lo que hay es una emoción que persiste a cada paso, significa el retorno a una fiesta que arrancó el pasado sábado con un rostro distinto. Acotada en alrededor del