Placeada, la vida de una exsicaria

Primeros minutos del largometraje. Gaby, una mujer que ronda en los 50 años de edad, está en una habitación de hotel y habla fuerte con un interlocutor telefónico. “¿Eres el comandante o no eres el comandante? ¿O eres el gato del gato? Fíjate bien lo que me estás pidiendo: me estás pidiendo 300 mil pesos como para hablar con el chavo que nada más le limpia la cola al comandante, pues como que no, ¿verdad?”, dice. Ella está fungiendo como mediadora entre autoridades y la familia de un hombre al que detuvieron con cristal, una droga sintética, de lo cual ella sacará una buena tajada. “¿Qué onda. Pepe? (Son) 300 y 50 para mí. Te paso el número de cuenta y lo haces en una hora, aunque yo les dije dos. Ya se arregló, nada más que le depositen y la sueltan”, dice Gaby instantes después, ya en un tono más tranquilo. La sorpresa es que ella no es policía, ni agente, ni mediadora. Sino una exsicaria del narco, que en ese momento fue contactada por una persona, cuya identidad solo ella supo, para aliviar la situación.