En Chiapas, especialistas del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) trabajan a todo vapor en una labor que parece interminable: la reconstrucción del patrimonio cultural desfigurado por el sismo del 7 de septiembre. A poco más de tres meses del terremoto que dañó con severidad más de una centena de templos ubicados en la mayoría de la comunidades de esa entidad, los vecinos tratan de continuar con su vida cotidiana. Pero les cuesta no poder entrar a sus iglesias, tener que escuchar misa en la calle y admitir que la restauración llevará incluso años. Si bien muchas fachadas están en pie, dentro de los recintos el desastre es patente: columnas y cúpulas sostenidas por andamios, órganos históricos reducidos a escombros, plásticos cubriendo los altares, un fuerte olor a humedad y tristeza, "y eso que ya pasó lo peor, pues después del terremoto, sufrimos los estragos de lluvias torrenciales, ¡cuando la mayoría de los techos estaban derrumbados!", explica a La Jornada la restauradora Haydée Orea. Hor
Restauración del patrimonio, una labor interminable
En Chiapas, especialistas del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) trabajan a todo vapor en una labor que parece interminable: la reconstrucción del patrimonio cultural desfigurado por el sismo del 7 de septiembre. A poco más de tres meses del terremoto que dañó con severidad más de una centena de templos ubicados en la mayoría de la comunidades de esa entidad, los vecinos tratan de continuar con su vida cotidiana. Pero les cuesta no poder entrar a sus iglesias, tener que escuchar misa en la calle y admitir que la restauración llevará incluso años. Si bien muchas fachadas están en pie, dentro de los recintos el desastre es patente: columnas y cúpulas sostenidas por andamios, órganos históricos reducidos a escombros, plásticos cubriendo los altares, un fuerte olor a humedad y tristeza, "y eso que ya pasó lo peor, pues después del terremoto, sufrimos los estragos de lluvias torrenciales, ¡cuando la mayoría de los techos estaban derrumbados!", explica a La Jornada la restauradora Haydée Orea. Hor