Wonder Woman rompe paradigmas

Quizá una de las más singulares aportaciones de la mirada patriarcal a la cultura popular haya sido, precisamente, esa: el reciclaje de la historieta (y la película) de superhéroes como objeto de reafirmación identitaria, convenientemente despojado de espíritu lúdico y envuelto de falsa trascendencia. A lo largo de su historia, no obstante, el cómic de superhéroes también ha sido un género en el que, bajo sus discursos dominantes, determinados autores han podido desarrollar su agenda propia: el caso del libertario y transgresor Alan Moore es paradigmático. Como bien detalla Elisa McCausland en su apasionante Wonder Woman. El feminismo como superpoder (Errata Naturae), William Moulton Marston, psicólogo y firme creyente en la supremacía femenina, fue uno de esos autores y logró que, en las aventuras de su Wonder Woman, se canalizaran los ecos ideológicos de varios años de activismo feminista y de la utopía posfamiliar que él mismo vivía en su vida doméstica. Wonder Woman, la película de Patty Jenkins, nace en