Cuando el feminismo también necesita respirar

Cada 8 de marzo, las calles, las redes y los discursos se llenan de consignas, llamados a la lucha y exigencias urgentes. Y con razón: la violencia, la desigualdad y la injusticia siguen marcando la vida de millones de mujeres. Sin embargo, en medio de ese ruido necesario, pocas veces se nombra algo igualmente real: el cansancio. En los últimos años, algunas mujeres confiesan —a veces en voz baja— que ya no sienten la lucha feminista como antes. No porque hayan dejado de creer en la igualdad o la justicia, sino porque vivir permanentemente en resistencia agota. Y reconocer ese agotamiento no es una traición a la causa; sino que es una verdad humana. El problema aparece cuando el feminismo se vuelve un espacio donde parecer fuerte es obligatorio y detenerse se interpreta como abandono. Cuando la lucha se mide en visibilidad constante, en presencia ininterrumpida o en adhesión absoluta a una narrativa, se corre el riesgo de olvidar algo fundamental: la razón de ser del feminismo. La mujer como persona. Desde u