Deportados dan cobijo a haitianos refugiados

El sol ataca, hay muchas tiendas de campaña, ropa colgada, olor a grasa. El techo del hotel es una cordillera de montañas erigidas con lonas, donde cientos de personas esperan que unos metros más allá un muro se abra. Se miran, esperan, transpiran. Son unas 800 personas; unas enjabonadas casi desnudas, gritan, ríen, se bañan a la intemperie. Los haitianos refugiados se lavan, se visten y rezan a la intemperie. El sol se esconde. Cada noche reconstruyen su casa. Una funda con cimientos de plástico, de costura invertida en piso para evitar filtraciones —pero al fin— una tienda de campaña que llaman casa. El Hotel para Migrantes Deportados, en Mexicali, está a un costado de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de Estados Unidos, junto al Instituto Nacional de Migración (INM) y en un terreno que se despliega a unos metros del muro de metal que divide dos países. En Mexicali, Baja California, en toda la frontera su topografía se despliega hasta el ras de un muro. Comparado con otros refugios, el hotel es