En septiembre arranca el proceso electoral 2027, se renueva la Cámara de Diputados, 17 gubernaturas y 31 congresos locales. Antes de hablar de candidaturas y coaliciones, hay un derecho ciudadano que casi nadie menciona, el derecho a que los candidatos reconozcan su derrota. Suena obvio, pero no lo es. La historia reciente está llena de políticos que confunden perder una elección con que se la robaron. Quien decide competir, decide también aceptar las reglas del juego —incluida la peor de todas, perder—. La sujeción a la ley no es opcional para nadie, gane o pierda. Aceptar las reglas cuando se gana es fácil. Respetarlas cuando se pierde es la verdadera prueba. En una democracia constitucional no basta con votar. El proceso tiene que concluir de forma definitiva y legítima, y quien impugnó por las vías legales tiene que aceptar la resolución final una vez agotadas. Sin eso no hay certeza ni transición pacífica del poder, y el sistema entero empieza a resquebrajarse. El mundo ya enseñó, con consecuencias grave
El mal perdedor: la amenaza que nadie quiere nombrar
En septiembre arranca el proceso electoral 2027, se renueva la Cámara de Diputados, 17 gubernaturas y 31 congresos locales. Antes de hablar de candidaturas y coaliciones, hay un derecho ciudadano que casi nadie menciona, el derecho a que los candidatos reconozcan su derrota. Suena obvio, pero no lo es. La historia reciente está llena de políticos que confunden perder una elección con que se la robaron. Quien decide competir, decide también aceptar las reglas del juego —incluida la peor de todas, perder—. La sujeción a la ley no es opcional para nadie, gane o pierda. Aceptar las reglas cuando se gana es fácil. Respetarlas cuando se pierde es la verdadera prueba. En una democracia constitucional no basta con votar. El proceso tiene que concluir de forma definitiva y legítima, y quien impugnó por las vías legales tiene que aceptar la resolución final una vez agotadas. Sin eso no hay certeza ni transición pacífica del poder, y el sistema entero empieza a resquebrajarse. El mundo ya enseñó, con consecuencias grave