Incertidumbre de la mala

Lo más probable es que al despertar hoy, el día después de la elección, la incertidumbre todavía siga allí, como el dinosaurio de Tito Monterroso. Todo un contraste con el pasado del apacible sueño democrático en el que, cada cuatro años, Estados Unidos y el mundo se iban a dormir la noche de la jornada electoral, generalmente despejada ya la incertidumbre y restablecida la certeza sobre el futuro de la nación. Incluso las pocas ocasiones en que la definición se llevó al día siguiente (Kennedy-Nixon) o hasta el otro mes (W. Bush-Gore), el triunfo de uno u otro no amenazaba con alterar los acuerdos fundamentales de la convivencia interna ni los compromisos internacionales de la superpotencia. Al contrario, en las horas siguientes a la elección los hasta entonces adversarios reafirmaban valores comunes y hacían votos por honrar los pactos con el exterior. La campaña podía ser competitiva, divisoria, pero culminaba con un mensaje de unidad y reconciliación. Esta vez, con independencia de los números definitivos