Librerías abiertas, pero sin lectores

Hay un regusto de volver a las librerías, de moverse entre mesas cubiertas de libros y leer las contraportadas, dejarse atrapar por un título o por un autor. Por momentos todo parece normal, y sin embargo no lo es, hoy priva la pandemia: no se pueden abrir los libros ni pasarse horas tocando este o aquel volumen, hay cubrebocas de por medio, miradas detrás de caretas, huele a gel antibacterial y el ambiente lleva el aroma del desinfectante; sobran los libros y faltan los lectores en las librerías que sobreviven en una nueva normalidad. Están los libros, pero falta el bullicio de los compradores, falta la mirada curiosa de los estudiantes y profesores universitarios que visitan la emblemática sucursal matriz de El Sótano o la librería Octavio Paz del Fondo de Cultura Económica, los mismos que también se aventuran en la Casa del Libro o en las Librerías de Ocasión; cuatro de las librerías simbólicas de avenida Miguel Ángel de Quevedo, en una zona librera y universitaria por excelencia. En la Ciudad de México ha