Prioridad

Mucho antes de que los algoritmos empezaran a decidir qué ver, qué comprar o qué información consumir, Stanisaw Lem advirtió que la tecnología podía terminar siguiendo reglas propias. En su obra “Summa Technologiae” (1964), el pensador polaco imaginó la “fantomática”, antecedente de la realidad virtual, y reflexionó sobre la posibilidad de los intelectos sintéticos. No le preocupaba una rebelión de las máquinas, sino algo más difícil de contener, esto es, que la propia evolución de la tecnología terminara rebasando la capacidad humana para dirigirla. Seis décadas después, con la inteligencia artificial (IA), se convierte en preocupación. La innovación avanza a una velocidad que los Estados difícilmente pueden seguir, de tal manera que las decisiones que inciden en el trabajo, la información y la vida pública pasan por sistemas que no siempre comprendemos del todo. Y, más allá de lo que la IA puede hacer, el problema es también quién establece las reglas para decidir cómo debe utilizarse. Durante la Semana de