Sismos, difícil prueba para el sureste mexicano

El jueves 7 de septiembre de 2017 la alerta sísmica despertó como un maullido agudo a la Ciudad de México, eran las 23:49 horas en la capital del país. El recelo fundado en la remembranza infinita de 1985 motivó la salida de vecinos en pijama, lo mismo de los edificios viejos del Centro Histórico que en las modestas casas de la zona lacustre de Xochimilco y en los flamantes rascacielos de Santa Fe. La tierra se movió. Primero de un lado a otro, lento, sacudiendo los cables y las crestas de los árboles, después, la sacudida movió las construcciones, el temor incrementó, algunos vidrios cayeron, los ojos suplicantes de algunos miraban al cielo. Por un momento la tranquilidad imperó, parecía que una vez más la tierra daba tregua y se hacía indiscutible la resistencia de un territorio acostumbrado a los retumbos. El Servicio Sismológico Nacional (SSN) reportaba en la red social Twitter un sismo de magnitud 8.2 con epicentro localizado en el Golfo de Tehuantepec, 133 kilómetros al suroeste de Pijijiapan, Chiapa