Transición

Una de las más peculiares características del sistema político mexicano, queridos lectores, es el larguísimo periodo de tiempo que transcurre entre la jornada electoral, la declaratoria oficial del triunfo y la toma de posesión del nuevo presidente. Como tantas otras, esta es una herencia del viejo régimen, de aquellos tiempos en que el poder pasaba de un grupo a otro de personas, pero se mantenía en el mismo partido. A partir de 1988 el riesgo latente de impugnaciones y conflictos postelectorales hacía casi obligado contar con tiempo suficiente para resolverlos y, en ocasiones, como la del 2006, ni siquiera así alcanzaba. La elección presidencial de 2018 resultó histórica por muchas razones, pero una de las más relevantes pareciera olvidarse: todos los actores principales del proceso electoral reconocieron los resultados el mismo día. Si dejamos a un lado los pataleos legaloides del PES, solo queda la duda acerca de la ciertamente confusa y nebulosa votación en el estado de Puebla, la que quedará inevitabl