Vivir encadenado, historia de enfermos mentales

Encerrados en una jaula en el bosque o encadenados al tronco de un árbol: este es el trágico destino de los enfermos mentales en las zonas rurales de Filipinas. La espesa vegetación es útil para esconder. Las barras de hierro escapan a cualquier ojo que no esté atento. Al acercarse, se observa inmediatamente una figura inquieta, que se mueve de un lado al otro de una prisión de poco más de tres metros cuadrados. El detenido se llama Theodoro Bucado, tiene 38 años y no sale de este apestoso agujero desde hace más de 10 años. "Es lo peor que le pasó a nuestra familia". Krisanta, la anciana madre de Teodoro, estalla en lágrimas en cuanto se habla de su hijo. No puede apartar la vista de la cerradura de la jaula y de la zanja con los excrementos. "Me enfermé estando a su lado -continúa la mujer-, y mi hija tuvo que dejar los estudios. Gastamos todo el dinero que teníamos por él. Nos dijeron que sufre de esquizofrenia". Estamos en el pequeño pueblo de Kayam, en el distrito de San Remigio, en el norte de la isla de