Y cuando despertamos, el crimen organizado ya estaba ahí. No llegó de golpe, ni anunció su presencia con estruendo. Se filtró primero en las brechas rurales, después en las policías municipales, más tarde en los presupuestos públicos, en las campañas electorales, en las aduanas, en los puertos y, finalmente, en la conciencia nacional. Hoy no se puede señalar un solo Estado libre de su influencia. La pregunta no es si está presente, sino hasta dónde gobierna. ¿Cómo sucedió? Fue un proceso lento, incubado durante décadas de abandono institucional y negación política. Un momento decisivo fue cuando se toleró que los cárteles sustituyeran al Estado en regiones enteras; cuando la corrupción se volvió mecanismo de gobernabilidad, cuando la impunidad garantizó que el crimen fuera un negocio de bajo riesgo y alta rentabilidad. Ningún gobierno puede declararse inocente, unos lo combatieron de forma frontal pero desordenada, fragmentándolo y multiplicándolo, otros optaron por ignorarlo o administrarlo, bajo la ilusión
Y cuando despertamos…
Y cuando despertamos, el crimen organizado ya estaba ahí. No llegó de golpe, ni anunció su presencia con estruendo. Se filtró primero en las brechas rurales, después en las policías municipales, más tarde en los presupuestos públicos, en las campañas electorales, en las aduanas, en los puertos y, finalmente, en la conciencia nacional. Hoy no se puede señalar un solo Estado libre de su influencia. La pregunta no es si está presente, sino hasta dónde gobierna. ¿Cómo sucedió? Fue un proceso lento, incubado durante décadas de abandono institucional y negación política. Un momento decisivo fue cuando se toleró que los cárteles sustituyeran al Estado en regiones enteras; cuando la corrupción se volvió mecanismo de gobernabilidad, cuando la impunidad garantizó que el crimen fuera un negocio de bajo riesgo y alta rentabilidad. Ningún gobierno puede declararse inocente, unos lo combatieron de forma frontal pero desordenada, fragmentándolo y multiplicándolo, otros optaron por ignorarlo o administrarlo, bajo la ilusión