Una muerte anunciada

"Avísale a mi familia que me voy ahorcar", le dijo a su vecino. "Ta usté loco don Feyo", le dijo Chuy, creyendo que el septuagenario bromeaba. De todas formas, al ver la seriedad del rostro de su interlocutor el joven llamó a la familia. Legaron tarde. El hombre estaba muerto. "Era muy amable", dice una niña que viene de la escuela primaria. Su compañera asiente con la cabeza. "Es que estaba malito", agrega tras una pausa. La menor se refiere a lo que los vecinos comentan. Alfredo Vázquez López (75 años) padecía una añeja verdad. No dicen qué exactamente. "Pero sufría mucho. Tomaba mucho medicamento. Y no mejoraba. Al contrario, sufría las reacciones secundarias. Decía que ya estaba aburrido", señala una mujer. La otra asiente con la cabeza y se enjuga una lágrima. Le duele el dolor ajeno. Le dolía ver a Alfredo enfermo, solo. Su esposa e hijos se fueron. Él, oriundo de San Fernando, extrañaba el clima fresco de su tierra. Tuxtla era un infierno para él, y sin su familia, con su enfermedad, el infierno se tor