Por no reunirse en familia, ¿amarga Navidad?

Seguramente ha sido tema de conversación o polémica en estos días. Quizás haya provocado más de un desencuentro. No es para menos. Por primera vez, en tiempos de paz, no será posible que las familias se reúnan, como acostumbran, en las fiestas decembrinas. No es falta de cariño, es culpa del maldito Covid-19. Es un asunto que se discute desde hace semanas. Sobre todo, cuando fue inevitable decidir los planes para Nochebuena y Año Nuevo. Como en toda discusión, hay argumentos a favor y en contra y todos creen tener la razón.

Quienes votan por reunirse, como si nada pasara en el mundo, invocan la costumbre, las tradiciones, la unión de la familia, el ejemplo a los más jóvenes o el futuro incierto de los mayores. Quienes aconsejan cambio de planes argumentan el peligro de contagio, la imposibilidad de la sana distancia, el riesgo para los abuelos y los vulnerables y, desde luego, la irresponsabilidad de quienes no se cuidan ni cuidan a los demás, pues se creen paridos por hada austríaca y piensan que nada pasará. No faltan los tecnológicos que sugieren hacer “Zoom”, durante las cenas.

Como sea, no puede ignorarse que en estos casi 10 meses han muerto, oficialmente, 113 mil personas y se han contagiado, oficialmente, más de un millón 200 mil. Si, como se dice, hay que multiplicar esa cifra por dos o tres veces, para determinar la cifra real, imaginen el tamaño de la tragedia y del riesgo que se corre.

Respetando opiniones y creencias, el sentido común parece indicarnos que este año debemos hacer ajustes. ¿Por qué insistir en pasar las fiestas en reuniones multitudinarias si hay peligro de que alguien se contagie, se la pase pésimo y quizás hasta muera? ¿Vale la pena? Tenemos todo el año para demostrar nuestros afectos.

Sí, es una fecha especialísima. Sobre todo, para quienes somos creyentes. Pero debemos tener la capacidad de adecuarnos a las circunstancias, más aún cuando son adversas. Literalmente en ello nos va la vida. Por esto, los distintos gobiernos del país han tomado medidas y convocado a sus gobernados a quedarse en casa.

Vivimos un segundo pico de la epidemia. En este momento la tendencia es ascendente, particularmente en nueve estados. Hay un aumento preocupante de los contagios. Los hospitales se llenan. Basta salir a la calle para darse cuenta de qué ha aumentado el número de personas caminando en las banquetas, en el transporte público y, principalmente, en los comercios.

En el Centro de la Ciudad de México es impresionante la cantidad de gente que realiza sus compras navideñas. Algunos cuidándose, a otros les vale. Por primera vez en mucho tiempo las puertas de la Basílica están cerradas y no se puede celebrar en su día a la Virgen de Guadalupe. Hasta el papa Francisco aceptó que hubiera Indulgencias para que los fieles no la abarrotaran.

Como ya hemos dicho, aún faltan las comidas de fin de año, las preposadas, las posadas, las reuniones familiares, la rosca de Reyes y los tamales del Día de la Candelaria. Y hasta el Día del Amor y la Amistad. No se vislumbran buenos tiempos. Hemos sobrevivido a catástrofes, a terremotos, a malas decisiones de pésimos gobiernos. Sería una pena que no sobreviviéramos a nosotros mismos y que nos ganara la “tradición” y la pachanga. Mientras tanto, un abrazo y consuelo para los enfermos de Covid-19 y una oración por los ausentes.