20 años

Hace casi veinte años trabajaba en Chiapas un grupo recién creado, al que por ahora no se le identificará. Esa organización civil, como algunas otras, comenzó a caminar en las comunidades indígenas de una vasta región que comprendía los municipios de las zonas del norte y suroriente de la entidad. Eran muchas las agrupaciones, como hoy, que coexistían entonces: sociales, civiles reivindicativas, productivas, campesinas, entre otras.

El estado vivía una secuela delicada derivada de un alzamiento armado. Comunidades igual de pobres que los guerrilleros levantados habían resultado afectadas con desequilibrios regionales de poder. Incluso algunos grupos habían sido desafiados por los alzados y no sólo eso, sino que comunidades enteras eran arrinconadas por el grupo insurgente cuando no se sumaban abiertamente. Pegaba la guerrilla muy fuerte a la paz social en el área rural y la situación para quienes eran hostigados llegó a ser intolerable, al grado que decidieron hacer frente con su propias fuerzas, pues el primer nivel de gobierno en esas regiones prácticamente había desaparecido. Sobrevivían pequeñas y disminuidas presencias de los gobiernos federal y estatal.

Imperaba pues, la ley del más fuerte porque el gobierno civil se tornó en una mera referencia.

El grupo aludido al inicio, había nacido años antes del estallido de 1994, y como ya se ha anotado, trabajaba en una región que fue muy afectada por ese acontecimiento. Su tarea era entrar en contacto con los diversos grupos indígenas que se hallaban en ese momento en medio de una tormenta de violencia que ya no era propiamente la que se mantuvo durante doce días de combates con el Ejército mexicano, sino una posterior de tipo intermitente producto del ajuste de cuentas entre los que se habían desafiado y ofendido durante el levantamiento.

Este grupo al que nos referimos, que estaba integrado por abogados, sociólogos e incluso hasta por antropólogos, y que enarbolaba en su discurso el desarrollo de una cultura de diálogo, tolerancia y reconciliación, respeto a la pluralidad cultural y religiosa, se hallaba en el lugar y el momento correctos para haber hecho una labor de distensión, pero falló en su trabajo y en ese escenario se desvirtuó a sí mismo transformándose en un agente que impulsó aún más ese resabio de violencia, al hacer caso omiso de sus postulados y ponerse al servicio de una sola corriente en mortal detrimento de la otra. Este mismo grupo no sólo le dio la espalda a las premisas sobre las cuales se había fundado, sino que se constituyó en promotor del odio y de la venganza al convertirse en el más potente motor de persecución política que una parte de las poblaciones indígenas choles, tseltales y tsotsiles hayan sufrido en los tiempos modernos bajo la máscara de la simulación.

Esos actores, muchos, ni eran chiapanecos, regaron los campos con sangre de chiapanecos indígenas, y todavía ahora permanecen algunos entre nosotros. En su trabajo se dieron tiempo de documentar con calaveritas en un libro el número de muertos que produjo en parte, ese trabajo de encono que sólo en una región se saldó con más de cien víctimas.

No se pretende revivir el pasado, pero esos actores insisten en instigar acciones que vienen de afuera para acorralar en trabajo que realizamos en Chiapas, por lo que deberán tener claro y seguro que serán puestos en evidencia.