Ante la conmemoración del Día Internacional de la Mujer este próximo 8 de marzo, el arzobispo de Tuxtla Gutiérrez, monseñor Fabio Martínez Castilla, reconoció que es una valiosa oportunidad para reflexionar sobre la contribución irreemplazable de las mujeres, ya que día con día alientan en la construcción de un mundo que aspira ser un hogar para todos.
Además apuntó que “es un día para hacerle eco al silencio de todas aquellas mujeres que la violencia ha silenciado. Es un día para unirnos a las mujeres que en todos los rincones del mundo piden que cese la violencia contra ellas y que nos ayudan a mantener la memoria para ponerle rostro y nombre a tantas situaciones que degradan, invisibilizan y laceran la dignidad de la mujer”.
Monseñor Fabio Martínez lamentó que a pesar de los grandes avances del mundo moderno, todavía millones de mujeres siguen siendo ignoradas, explotadas y abusadas; víctimas de violencia verbal, económica, sexual, física, psicológica, que lamentablemente y con frecuencia se les arrebata la vida. “Todo ser humano es, en esencia, el aliento de Dios, en cada uno palpita la vida del Creador, prolongando su gracia a la humanidad”. A las mujeres les confió el cuidado, la protección y la solidaridad.
Por lo anterior, destacó que lo urgente es favorecer los espacios para contribuir a que la mujer sea protagonista de los cambios culturales y sociales, al igual que los eclesiales, a quienes tanto se necesitan.
En este contexto, destacó que se ha iniciado el itinerario cuaresmal que nos lleva a la Pascua, y con el miércoles de ceniza “nos hemos puesto en marcha hacia nuestra propia conversión y, desde nosotros, la conversión de nuestra familia y sociedad”.
Y explicó: “Los textos que hemos estado reflexionando en estos pocos días que llevamos de Cuaresma, nos han invitado a contemplar cómo la mirada conmovida de Cristo se detiene hoy sobre los hombres y pueblos que sufren tanta injusticia, pobreza, violencia y diferentes tipos de atropellos a su dignidad”.
Además de que sentenció que la injusticia, fruto del mal, no tiene raíces exclusivamente externas, tiene su origen en el corazón humano, donde se encuentra el germen de una misteriosa convivencia con el mal.












