"Un minuto y medio, un terremoto de 8.1 grados en la escala de Richter hizo caer hace justamente 20 anos, medio millar de edificios de viviendas, hospitales, hoteles, comercios y oficinas de la ciudad de México; causó la muerte de varios miles de personas y miles de heridos e hizo aflorar los límites de la eficiencia del gobierno.
Pero también convocó a la solidaridad internacional y despertó una conciencia cívica que fortaleció la batalladora tendencia hacia la democracia. Veinte anos después de esa horripilante manana, cuyo recuerdo nos estremece aún, los mexicanos amanecemos hoy con la memoria de quienes perecieron aquel aciago día y con la necesidad de saber si estamos hoy mejor dotados que entonces para encarar con más fortuna una contingencia de tal magnitud.
Un terremoto de 8.1 grados está muy por encima de la media y seguramente ocasionaría danos muy graves. El riesgo es proporcional a la concentración demográfica, y aquí tenemos una de las más críticas del mundo, asentada además en un área inestable por tratarse en parte de un lago desecado y por la incontenible explotación de los mantos acuíferos.
Hace 20 anos, el reglamento de construcciones del Distrito Federal era más benigno que el actual, ajustado como consecuencia del temblor, pero no eran infrecuentes los ""ahorros"" de materiales reflejados en mezclas pobres y estructuras insuficientes o inadecuadas. Las autoridades optaron entonces por no investigar la calidad de las construcciones desplomadas, quizás para no anadir otro conflicto al que los agobiaba.
También ofrecieron un balance de víctimas: 7 mil, que era la cifra menor de una variedad que iba de 10 mil (embajada de Estados Unidos), 25 mil (Comisión Económica para América Latina) y 35 mil (según damnificados y deudos agrupados apresuradamente en diversas organizaciones). La transparencia todavía no era una exigencia prioritaria. Hubo 40 mil heridos y más de 4 mil personas fueron rescatadas con vida bajo los escombros.
Los órganos de protección civil han desarrollado desde entonces una consistente y extendida campana de entrenamiento para aprender a hacer frente a los desastres, principalmente sismos e incendios. Hay carteles, folletos, cursos, simulacros, flechas senalando salidas de emergencia y sitios de congregación segura, así como recopilaciones y evaluaciones de experiencias similares en otras partes del mundo.
Los terremotos son inevitables. Lo que ahora está a la mano de la población es saber cómo comportarse durante un sismo y, antes que eso, asegurarse de que las edificaciones cumplen con los mínimos de resistencia y elasticidad para no derrumbarse ante un sacudimiento telúrico; también, que el subsuelo no ha sido modificado en perjuicio de las construcciones de la superficie y de que, en caso de lamentable necesidad, las autoridades disponen de cuerpos especializados en rescate y en servicios de auxilios médicos y de atención sicológica posterior.
Hay un fondo nacional de desastres que, en la perspectiva de una cultura de la prevención, debe estar bien provisto para los trabajos de socorro, de reconstrucción y el reinicio de las actividades normales de la comunidad. Tal fondo debe estar por encima de toda sospecha de manejos poco claros y, en lo posible, las autoridades y la sociedad en general deben aplicarse a fortalecerlo.
Muchas vidas pueden salvarse y muchos danos pueden evitarse si estimulamos la preparación ante el desastre inevitable y si tomamos las medidas oficiales indispensables para que los perjuicios sean menores. Las lecciones son muchas y dolorosas. La tragedia de hace 20 anos debe abonar la responsabilidad de ahora. (El Universal)
"











