Acechan ‘guerreros hormiga’ la llegada del invasor

Acechan ‘guerreros hormiga’ la llegada del invasor

Cual hormigas sobre bromelias, un grupo de habitantes de la Selva Lacandona camina por veredas, anda por caminos húmedos bañados por la selva tropical. Caminan buscando, pero no encuentran. Buscan —machete en mano— a los proyectistas de la Presa Santo Domingo, esos que pretenden construir una cortina desviando el cauce de ‘ríos sagrados’.

Los gritos de los hombres de la selva suenan diversos y ajenos, tanto, que las aves y monos hacen silencio ante los extrañados por los vocablos tojolabales, choles, tseltales e incluso tsotsiles que desde el movimiento armado del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) no se habían unido.

La presencia de estos hombres vestidos para la guerra causa extrañeza entre los habitantes del monte. Algunos de ellos se dicen herederos de Ixbalanqué y Hunahpú, los héroes de la mitología maya que según el Popol Vuh —libro sagrado de la cosmogonía precolombina en Mesoamérica— liberarán de los demonios a la Tierra.

—Queremos verlos, encontrar a esos que se atreven a entrar a nuestra tierra y ofenderla con esta presa (…) queremos agarrarlos y llevarlos ante Hun-Camé y Vucub-Camé, los demonios del inframundo.

—Que les entreguen cuentas a ellos, a los malos, porque a nuestros dioses no merecen ver —dijo Javier Puk López, criollo lacandón-tseltal que recién regresó a su casa en La Candelaria, a unas cuatro horas a pie de Ocosingo y ahora ha sido comisionado como ‘vigilante’.

Javier es uno de los 18 elegidos por la ‘Asamblea de la Selva’ para inspeccionar diariamente la zona cercana a Las Nubes, donde la Semarnat confirmó estudia construir una nueva presa denominada Santo Domingo, situación ante la cual líderes comunitarios acordaron “detener, encerrar y castigar” a todo aquel proyectista que pise la Lacandona.

Los vigilantes son adultos y niños por igual, hombres y mujeres de diversas etnias y lenguas, unidos por la defensa de su comunidad. Están ataviados de ropas diversas, entre playeras de Chicago Bulls, pantalones de mezclilla, calzado de hule, huaraches y calzones de manta; todos poseen machetes afilados y algunos arcos con flechas y los menos armas de fuego. Todos cazan y todos están esperando a su presa.

Acordaron no hablar sobre la vigilancia con foráneos, pero Javier, quien hace dos años ‘vivió’ en las afueras del Hospital de Especialidades Pediátricas en Tuxtla Gutierrez cuidando a su hija, que finalmente murió víctima de un extraño cáncer, es distinto. Es ladino y habla de más, además de español, más otras tres lenguas y un poco de inglés.

Javier trabajó en Quintana Roo, era mano de obra. Inicialmente peón de una constructora, pero después le tocó barrer, cuidar carros o llevar ganando en promedio mil 200 a la semana. Pero la renta de la casa que compartía, el gasto por comida y el vacío de su familia que no estaba lo orilló a regresar a la Lacandona.

Ahora ellos, los vigilantes, estarán cuidando la selva, mientras otros discuten viajar o no a Tuxtla y a México para que las autoridades les expliquen del proyecto, pues solamente conocen de la presa por organismos internacionales de defensa de derechos humanos y medios de comunicación.