La profundidad y duración de la actual crisis económico-financiera mundial ha superado los peores augurios. Cuando a mediados de 2007 afloró el problema de que algunos fondos de inversión libre (hedge funds) de Estados Unidos quebraban, porque sus carteras de inversión con alto contenido de valores respaldados con hipotecas de dudosa recuperabilidad se colapsaron, nadie imaginó que en cuestión de meses los créditos hipotecarios subprime habrían de poner de rodillas al sistema financiero estadounidense y al mundial.
Para el segundo semestre de 2008, el desastre bursátil y bancario había alcanzado su momento más crítico en EU, Gran Bretana, Islandia (que ocupa el primer lugar mundial del Índice de Desarrollo Humano), Alemania y otros países. La fusión o quiebra de poderosos bancos de inversión de Wall Street, como Bear Stearns y Lehman Brothers, fue inevitable y llevó a la desaparición de ese tipo de instituciones, que habían surgido en la turbulenta era de la Gran Depresión y crecido exponencialmente durante el último cuarto del siglo pasado, al calor de la revolución tecnológica de las telecomunicaciones y la informática, y por la liberalización y desregulación de los mercados mundiales de dinero y capitales.
Para mediados de 2008, los gobiernos de las economías avanzadas habían intervenido en mayor o menor grado para aliviar la crisis crediticia que las hipotecas subóptimas y su desbocada bursatilización desataran. Primero, la FED estadounidense, el Banco de Inglaterra, el Banco Central Europeo (BCE) y otros similares intentaron revivir el mercado de dinero, reduciendo los intereses de redescuentos bancarios y de préstamos de fondos gubernamentales, inyectando directamente liquidez e incluso nacionalizando bancos, empresas hipotecarias y otras instituciones financieras privadas.
Ese intervencionismo estatal parece haber sido insuficiente: los bancos comerciales sobrevivientes dejaron simplemente de prestarse entre ellos y el papel comercial emitido por las corporaciones ya no tuvo compradores. El problema es que el mercado de dinero es la principal cadena de transmisión del sistema capitalista y su catalizador es la confianza, de manera que cuando ésta se pierde aquél se seca, y ni las tasas de interés cercanas al cero nominal pueden reactivarlo (la llamada trampa de la liquidez). El siguiente paso para los gobiernos fue recurrir al gasto público como palanca para revitalizar los mercados financieros y, lo más importante, la economía real.
En las últimas semanas del gobierno de George W. Bush, el gasto federal estadounidense se incrementó no obstante resistencias de congresistas, en tanto Gordon Brown, en el Reino Unido, se adelantaba a todos en el uso de instrumentos fiscales de fomento. Pero incluso esto resultó insuficiente para evitar que el caos financiero arrastrara al sistema económico a una recesión global, misma que ha ido agravándose en vez de tocar fondo y rebotar.
El G-20, mecanismo ad hoc del FMI formado por países miembro del organismo que son los más representativos de las economías desarrolladas y emergentes, intensificó su papel de coadyuvante central en la lucha contra las crisis cuando convocó a la primera reunión a nivel de jefes de Estado o de gobierno de los miembros regulares del grupo, más Espana, encuentro que se efectuó en Washington, DC, el 15 de noviembre de 2008.
La participación de México pasó inadvertida, no obstante su alto peso económico relativo, hoy reforzado con una línea de crédito del FMI por 40 mil millones de dólares, más otros 30 mil millones aportados por la FED.
Eugenio Anguiano / Profesor e investigador del CIDE











