La ocupación de “cerillo” realizada por niños y adultos mayores es muy redituable aunque no lo parezca, pero también trae consigo desventajas que hacen que muchos abandonen el trabajo.
Guadalupe Ramírez de Zamora cuenta con 85 años de edad, es viuda, madre de media docena de hijos y tiene varios nietos. Hace casi 10 años su esposo, que había trabajado como conductor de una conocida empresa transnacional, la dejó pensionada y con un seguro como consecuencia de su defunción. Vivía de eso y de la asistencia gubernamental para adultos de la tercera edad.
La vivienda en la que vive es propia, resultado de la venta de una herencia familiar, así que a diferencia de otros adultos mayores, ella no tenía la preocupación de pagar renta y vivía más o menos desahogada.
Acciones
Sin embargo, por su edad sintió que se encontraba en el cenit de su vida productiva, también pensó que se aburría en su hogar, aunque su familia no la abandona porque conviven con frecuencia.
Por eso, pensó emplearse en el puesto de cerillo cuando hace cinco años una conocida tienda nacional de autoservicio abrió una sucursal cerca de su casa y buscó empleados en todas sus áreas, desde administrativos, hasta cajeros.
Después de pensarlo un poco, se acercó al jefe de cerillos con su solicitud en mano y él se encargó de turnarlo a la Gerencia. Fue aceptada y empezó a trabajar. Aunque a los cerillos no les pagan un sueldo, las propinas que reciben de la gente llegan a sumar desde 100 a 200 pesos al día, y en temporadas festivas como la navideña lo que perciben se puede elevar hasta los 500 pesos, por lo menos en el caso de Guadalupe.
Aunque estaba contenta porque no se aburría y otra vez se sintió productiva, no tardó en el empleo. Lo dejó luego de casi un año porque el estar mucho tiempo de pie, aunque hubieran turnos para descansar, le ocasionaba demasiada fatiga. Los pies se le hinchaban y eso no era bueno para su salud, por lo que terminó por volver a su hogar y buscar otra forma de trabajo, desde su casa.












