Agresión a periodistas

"Sin libertad de expresión es imposible el florecimiento de las demás libertades que, para poder ser, necesitan manifestarse sin ataduras.

Aunque parece exclusiva de periodistas, la libertad de expresión es atributo de la dignidad humana y patrimonio común. Esta es condición estrictamente indispensable para aproximarnos a la realidad, conocer y explorar nuestro entorno, analizarlo críticamente y corregirlo, mejorarlo, pulirlo.

Como profesionales de las libertades de expresión, de imprenta y del derecho a la información, los periodistas juegan un rol sustantivo en la vida diaria. Son, por supuesto, testigos de la historia, a veces actores de denuncias e inevitablemente los representantes de la sociedad a la que sirven para saber la verdad. Cumplen así una eminente función social para nada exenta de riesgos.

Periodistas de la frontera norte, editores, directores de medios impresos mexicanos y, de forma relevante, miembros de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) reunidos en Hermosillo revelaron un dato alarmante. Desde hace varios meses, México ocupa el primer lugar entre los países latinoamericanos en número de periodistas muertos y desaparecidos. Esto es así porque tan sólo en la frontera norte del país han muerto seis reporteros y uno más se encuentra desaparecido aún.

Así, en lo que llamaron ""Declaración de Hermosillo"", los periodistas exigieron a las autoridades federales y estatales que esclarezcan estos homicidios, así como ""elevar a rango federal los crímenes contra los periodistas y establecer la no prescripción de los mismos"".

Queda claro que los periodistas no aspiran a consideraciones privilegiadas ni a tratos de excepción, simple y sencillamente exigen la protección pública a la que todo ciudadano, en todo el país, tiene derecho en ejercicio de sus libertades.

En cualquier caso, atentar contra un periodista en ejercicio de su función o en razón de su actividad profesional va más allá del crimen que esto constituye, pues adquiere una mayor dimensión cuando se trata de suprimir la libertad de expresión y, con ello, de violentar desde sus cimientos los derechos de todos.

En su reacción rudimentaria en contra de las denuncias de la prensa, los hampones parecen suponer que muerto el periodista se acabó la libertad de prensa, con olvido de que detrás del caído se levantan nuevas generaciones de reporteros, de cazadores de noticias, mejor dotados técnicamente y con un sentido de la ética intachable para continuar la tarea de develar las malas andanzas de los forajidos y no darles tregua.

Ni los desaparecidos ni los asesinados deben ser olvidados. Ellos pagaron con su libertad y con su vida su voluntad de dedicarse a mejorar su nación contribuyendo a senalar el mal para extirparlo.

Las autoridades tienen pendiente la resolución de cada uno de los dramáticos episodios de los últimos meses que nos han conducido a otro campeonato negativo que nos avergüenza y nos preocupa.

Asesinar periodistas, convertir esa noble profesión en uno de los oficios más peligrosos del mundo, es un grave síntoma de una situación insana que tiene raíces más hondas.

Los periodistas asesinados y quien ha sido desaparecido merecen nuestro reconocimiento y homenaje, pero también el respeto y, sobre todo, que se haga justicia.

No acaba ahí la responsabilidad gubernamental: es indispensable que este tipo de fenómenos trágicos en contra de la libertad de expresión termine, que haya mecanismos de prevención y de persecución eficiente, pronta, expedita del delito y que no haya impunidad: simple y sencillamente. (El Universal)

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