Alternancia en Guerrero

Si algo tiene el pueblo del estado de Guerrero es que es indómito y combativo. A lo largo de los últimos decenios, la entidad se distinguió por las impresionantes luchas sociales que emprendieron muchos de sus habitantes en búsqueda de una vida mejor, más libre y próspera, y sin la opresión de cacicazgos tenaces que por siglos han azotado la zona.

Es por ello muy satisfactorio que hoy, cuando el país se debate en amargas confrontaciones entre grupos políticos que no han sabido comportarse como adversarios en una sociedad abierta y democrática, Guerrero dé el ejemplo sobre cómo puede lograrse una alternancia en paz entre fuerzas políticas opuestas, y que para algunos resultaban por completo irreconciliables.

Pero la fuerza de las prácticas democráticas, y el compromiso de todos los actores de la lucha política, de respetar acuerdos y las normas establecidas, muestran que es posible plantear un cambio que no sea percibido como una propuesta desestabilizadora. Así triunfó el hoy mandatario de Guerrero, Zeferino Torreblanca, empresario acapulqueno que, con el apoyo de la izquierda guerrerense, agrupada en torno del PRD local, conquistó primero la alcaldía de Acapulco y finalmente el Gobierno del Estado, a pesar de que sus adversarios del PRI mostraron alguna reticencia a reconocer su triunfo.

Pero Torreblanca deberá establecer una estrategia inteligente para eliminar los peores aspectos de la plaga caciquil, que en muchas regiones apartadas funciona como un poder ciego e implacable.

Algunos opinan que Torreblanca deberá pactar con los caciques guerrerenses, para mantener la gobernabilidad; pero ello tal vez pueda ser contraproducente. Para otros observadores eso puede causar una desilusión popular que conduciría a estallidos graves ante las promesas fallidas. Algo que no debe desecharse.

El poder de los caciques rurales en México se sostuvo muchos decenios, puesto que éstos eran la base de un autoritarismo que llegaba, como pirámide, hasta la Presidencia de la República. A cambio de impunidad, los caciques aportaban apoyo político y votos al centro.

Hoy, ese círculo vicioso está roto y sería insensato tratar de restablecerlo con los actores políticos que protagonizaron el cambio iniciado en los comicios federales de 2000.

El camino que debe seguir entonces el nuevo Gobierno de Guerrero es el de la aplicación incansable de la ley y el cumplimento de las promesas de campana y plataformas de los partidos postulantes.

Ciertamente, es muy ilustrativo conocer el surgimiento de los grandes cacicazgos históricos en dicha entidad, como se plantea en el reportaje especial que publicó EL Universal.

Familias revolucionarias, como los Figueroa, asociados cercanos al zapatismo original, se convirtieron, decenios después, en caciques políticos y económicos capaces de cometer actos de gobierno gravísimos muy ajenos al Estado de Derecho.

El cacicazgo equivale a atraso y a conflicto. Propicia el miedo, la delincuencia y la resistencia violenta. Se dice que hasta no hace mucho la zona de autoridad efectiva de los gobiernos formales del país en las zonas rurales de Guerrero no rebasaba las cunetas de las carreteras y se desvanecía en las noches.

Ahora hay nuevas perspectivas. Los guerrerenses se cansaron de promesas y se atrevieron a iniciar un cambio que debe ser integral para ser duradero. La alternancia es posible cuando así lo quiere el pueblo. (El Universal).