A un par de días de que se celebren elecciones locales en tres estados de la República -Baja California, Aguascalientes y Oaxaca-, persiste una preocupante tendencia a repetir los errores de los comicios más recientes en el país: gastos excesivos, campanas, loderas y judicialización de la política, entre otros, lo que nos obliga a repensar, aun antes de conocer los resultados del domingo, el sistema electoral para lo que resta del ano y sobre todo camino al 2009.
No se aprecian contiendas constructivas ni propositivas, por lo que algo estamos haciendo mal en el proceso de construcción democrática.
Aparecen caudillos electrónicos que a fuerza de billetazos prometen milagros o auguran desastres basados en información interesada y parcial. Predican sobre lo que ellos evitarían basados en costosas y largas campanas de miedo, que no se compadecen de los hechos, sino que apelan a las emociones más primarias.
Los institutos electorales estatales parecen rebasados por esta vorágine de vituperios que sustituyen al debate de ideas y proyectos de gobierno. Tal debilidad institucional permite que quien no esté satisfecho con los resultados ignore a árbitros y jueces y se lance a recorrer el camino de la deslegitimación de la democracia en los estados de la República o en el país entero, desconociendo anos de levantar un complejo entramado electoral que queda en entredicho por la suma de spots de 30 segundos y las 24 horas de una jornada electoral en la que se asoman viejos vicios que creíamos superados.
Es tiempo de hacer una pausa en el proceso político nacional y revisar las bases teóricas de nuestra democracia, que debería abrevar en la antigua Atenas, y reforzar la noción de los iguales en la polis. No podemos aceptar que se trate a algunos como de segunda, intimidándolos por la vía de la propaganda o se aprovechen de sus necesidades para la compra de sus votos.
También hay que sacar brillo a las raíces de la democracia nacida en Francia, que sabiamente encontró en el pueblo el sentido mismo de la distribución de un poder ejercido hasta entonces por derecho de sangre.
A esos preceptos básicos hay que anadir instituciones fuertes, llámense policías, jueces, autoridades electorales, gobiernos, etcétera, para evitar que cada comicio, como los del próximo domingo, sea un dolor de cabeza nacional y no una fiesta cívica local, donde la sociedad refrende o retire su apoyo a sus gobernantes en santa paz.
No podemos continuar las próximas siete elecciones de este 2007 con este tipo de campanas. Menos aún llegar al 2008 o al 2009 en estas condiciones.
La reforma del Estado será útil para tal propósito, si se logra superar la desconfianza y se avanza en el rescate de los valores democráticos esenciales. Partidos políticos y corrientes de opinión tienen en dicho foro la oportunidad de ser en verdad interlocutores de sus representados y no sólo eco de sus elites.
En la medida en que los actores políticos se divorcien de la gente, la disfuncionalidad electoral será mayor y el país perderá grados ya ganados de democracia.
Basta de estridencias; demos paso a las ideas, para que la democracia sea el destino de México. (El Universal).











