Angelitos salieron a las calles a pedir ayote

Angelitos salieron a las calles a pedir ayote

Entrada la noche en la bahía de Paredón, que se ubica a 13 kilómetros de la cabecera municipal de Tonalá, se escuchaban frases en un tono unísono que decían: “somos angelitos, del cielo bajamos a pedir ayote para que comamos”; las almitas adornaron las calles de un pueblo que ya fue golpeado por un terremoto y, recientemente, por la pandemia.

Las caritas de los menores fueron pintadas en varios colores y de diferentes formas; los disfraces también aparecieron con gran variedad de personajes; allá, en aquel rincón de Chiapas, le llaman “pedir ayote”; en Tuxtla Gutiérrez se le denomina “¡Calabacita, tía!”; al final, la tradición es la misma.

Los más pequeños llevaban sus dos brazos ocupados; uno era sostenido por los padres y madres que guiaban el camino, en el otro sujetaban sus bolsas o calabazas, en las que echaban lo recolectado en las casas.

Las avenidas y senderos de Paredón durante el 2020 lucieron vacías. Los riesgos por la pandemia fueron muy altos y no hubo manera en que las almitas mostraran su algarabía.

Hoy la situación fue diferente; la emergencia sanitaria sigue activa pero con semáforo verde, lo que permitió a los infantes revivir un poco de las tradiciones chiapanecas.

Dulce de caña, plátanos, manzanas o paletas de diferentes sabores, los angelitos recogían todo a su paso. “Yo no quiero vino, ni quiero cerveza, sólo lo que quiero es lo que está en la mesa”, cantaba un grupo de niñas al interior de una casa en el centro del pueblo.

Había incertidumbre mientras caía la noche; los niños sólo querían una cosa: alistarse para ir a las calles sin importar cuántas puertas se abrirían. El recorrido comenzó pasada las 18:00 horas, cualquier casa era ideal para cantar, pero no todas entregaron ayote a los pequeños.

Las que ofrecieron dulces o frutas, se llevaron un reconocimiento. Los angelitos cantaron: “¡Ya se va la rama muy agradecida, porque en esta casa nos dieron comida”. La siguiente parada siempre era la casa de enfrente.

No obstante, en las viviendas donde las familias no se sumaron a las tradiciones, también recibieron un canto de los infantes que aguardaban impacientes a la salida: “¡Ya se va la rama por todo el alambre, en esta casa se están muriendo de hambre!”.

De regreso a la casa, la nostalgia llegó; las niñas y niños contaron sus dulces, descansaron un poco y pasaron a retirarse de los trajes y maquillajes, aunque la convivencia se prolongó por varias horas este 1 de noviembre.