Con su grave enfermedad, Ariel Sharon tiene en vilo al pueblo de Israel y, también, sin duda, al Medio Oriente, que ha tenido en él a un insospechado pero valioso soporte del plan de paz internacional, conocido como Hoja de Ruta, con el cual se pretende solucionar el conflicto árabe-israelí, mediante delicadas decisiones que han implicado, por ejemplo, el retiro, el verano pasado, de asentamientos judíos en algunas zonas de Cisjordania.
Como factor de equilibrio político dentro de Israel, Sharon no ha logrado evitar las críticas de los grupos más radicales de su país -que no quisieran ceder un centímetro de tierra a los palestinos en la disputa por lo que cada uno de los pueblos entiende como Tierra Santa-, pero ha podido convencer al pueblo y a la mayoría de la clase política local de que sólo mediante el plan llamado Territorios por Seguridad, se podrá garantizar la existencia del estado israelí, aun cuando ello implique el reconocimiento de un territorio palestino anexo al suyo.
Este paso de moderación, que parecía impensable en un mandatario israelí hace pocos anos, lo dio paradógicamente Ariel Sharon, quien por anos ha sido considerado un enemigo contumaz del pueblo árabe, sobre todo después de 1982, cuando siendo ministro de Defensa de Israel, miembros del Ejército israelí incursionaron en los campamentos de refugiados palestinos de Sabra y Chatila, en territorio libanés, lo que produjo un saldo de 3 mil 500 muertos.
La historia habrá de dirimir el grado de responsabilidad de Sharon en tales acontecimientos, y también habrá de tomar en cuenta estos últimos pasos dados por él, en favor de un proceso de paz definitivo.
Con la puesta en marcha del programa Territorios por Seguridad, Sharon ha pretendido buscar una negociación de fondo con el pueblo palestino, para que, en un entorno de alta diplomacia, se diriman las cuestiones territoriales que dividen a ambos pueblos, pero que implicarían, antes que otra cosa, que la Autoridad Nacional Palestina (ANP) acabara con los grupos radicales islámicos que buscan vencer a Israel por la vía del terrorismo. La tarea no es fácil, pero sí urgente.
Sin Sharon al frente del Gobierno de Israel, todo este proceso peligra. Los equilibrios en la región son tan frágiles, que sólo un estadista fuerte puede servir de eje para encauzar por la vía del diálogo y la negociación un diferendo que ha costado ya millones de vidas, y cuya solución todavía, por desgracia, se antoja lejana.
En 20 días más habrá elecciones en la ANP y, en tres meses, en el Parlamento israelí -donde se esperaba que Sharon arrasara. Ambos procesos electorales definirán el perfil de relación que habrá de darse entre Israel y Palestina en los próximos anos, y aún estos comicios quedan en el aire, por la ausencia física de Sharon.
Es tiempo de que la comunidad internacional abone en favor de la paz en la región y de la conservación, a toda costa, de la Hoja de Ruta, insistiendo en preservarla como el eje único al que deben apegarse los actores del conflicto que pende de un hilo, en este momento.
De manera tradicional, los países del orbe, sobre todo los más poderosos e influyentes, suelen posicionarse en favor de Israel o de los palestinos, lo cual sólo ha enardecido a las partes y no ha sido de mucha utilidad para alcanzar la paz en Medio Oriente.
Asimismo, la actual coyuntura debe servir como un espacio de reflexión para el pueblo de Israel y para los palestinos, en el sentido de valorar la oportunidad que tienen en sus manos para resolver sus anejas diferencias, sin tener que disparar una bala más o depender de la vida de un solo hombre para lograr su respectivo anhelo de contar con un territorio propio en el cual sus hijos puedan crecer sin odio. (El Universal)











