Armando, 40 años dedicados a educar

El día que salió del cuartel del Ejército, se prometió no ser policía ni velador. Carlos López / CP
El día que salió del cuartel del Ejército, se prometió no ser policía ni velador. Carlos López / CP

Esta semana el ingeniero Armando Sánchez recibió la medalla Maestro Altamirano en reconocimiento a 40 años de servicio en educación, pero tras ello, hay mucho más que conocer de quien se puede definir como un aventurero.

Profesor jubilado del Centro de Bachillerato Tecnológico Industrial y de Servicios (Cbtis), plantel 233 en Tuxtla Gutiérrez, aún conserva mucho ánimo y orgullo por sus vivencias.

Cuando Armando Sánchez salió de casa a los 14 años, jamás se imaginó lo que le deparaba el destino, pues logró ser marinero en un barco mercante, sargento en el Ejército Mexicano, mecánico, ingeniero mecánico, catedrático, y finalmente, burócrata.

Originario de Río Frío, en el Estado de México, cuenta que ya no soportaba más las golpizas que su padre le propinaba, así que no dudó en salir de casa y la aventura lo llevó al Puerto de Manzanillo, Colima, en donde sus conocimientos en electricidad lo llevaron a trabajar a una casa en donde el dueño era capitán de un barco.

Al verlo tan joven y trabajando, el capitán lo invitó a sumarse a su equipo en el barco mercante, en donde estuvo laborando por tres años, para después enlistarse en el Ejército Mexicano; no obstante, tras 11 años de servicio, notó que difícilmente avanzaría de grado, aunque con mucho esfuerzo había logrado ser sargento, su baja estatura le impidió seguir avanzando.

A punto de ser padre y con la ilusión de continuar adelante, Armando optó por comenzar sus estudios en ingeniería mecánica en el Instituto Politécnico Nacional, de donde, asegura, fue expulsado cuando se enteraron que había sido militar.

Mientras estudiaba, trabajaba en los talleres de la empresa Autobuses de Oriente en el entonces Distrito Federal, en donde uno de sus jefes optó por enviarlo a estudiar y trabajar en Celaya, Guanajuato, para que finalmente concluyera su preparación como ingeniero mecánico en Tabasco, cuenta sonriente, al tiempo de compartir que hizo sus estudios en ocho años, cuando en un tiempo normal se concluyen en cinco.

Pero su camino lo llevó a la docencia en el Cbtis plantel 233 en Tuxtla Gutiérrez, en donde, dice, se sintió con mucha empatía desde el principio.

Es ahí donde adquirió un mote, que comparte con una sonrisa, “me nombraron ‘el Diablo’, que con el paso de los años fue cambiado por ‘Satán’”.

El alias surgió luego de que un grupo de estudiantes era considerado muy rebelde por los profesores, así que el director en turno decidió nombrarlo a él para hacerse cargo, pero comenta que no aceptó el encargo de inmediato, pidió comenzar con el grupo de 5o grado al siguiente día.

Así que, mientras entraba por la puerta principal para dirigirse al salón, comenzó a golpear el suelo con un látigo con el que se hizo acompañar para mostrarse fuerte ante el grupo de estudiantes que, revela, eran jóvenes mal sentados sobre las sillas, acostumbrados a fumar al interior de clases y rebeldes en general.

De tal suerte que comenzó a pasar la lista y sentenció que la determinación de cómo debería de llevarse el grupo sería de los propios alumnos; mientras les decía eso, sostenía el látigo en sus manos.

De esa forma, el grupo dejó de lado la rebeldía y comenzó a comportarse de mejor manera, así que una maestra sólo pudo expresar: “A ese grupo sólo lo podía controlar el diablo”. Así surgió el apodo que nunca se pudo quitar, incluso hasta después de laborar en la escuela e integrarse a las oficinas del Cbtis.

El profesor Armando rememora que en una ocasión acudió a la Ciudad de México en compañía de su esposa y mientras caminaban por los pasillos de un almacén de renombre, un hombre comenzó a seguirlos de cerca, así que pensó en salir de inmediato del lugar, pero antes de que pudiera hacerlo, este se acercó a él y le dijo que lo recordaba, a lo que respondió que no.

Entonces, aquel individuo que vestía de manera elegante con un traje, le respondió que era uno de sus alumnos, a los que preparó en el Cbtis de Tuxtla y le recordó que mientras estudiaba entregó un trabajo en una sola hoja, la misma que el profesor tomó en una mano e hizo una bola para después tirarla al basurero, al tiempo de expresar: “Como un borrador, es muy bueno, pero ahora quiero que me traigas el trabajo correcto».

Así que aquella lección marcó al alumno, que terminó por perfeccionar lo que hacía en su vida diaria, al grado de ser nombrado subgerente del almacén de renombre en donde se encontraron.

Con orgullo, el profesor Armando comenta que es padre de tres hijos, los tres profesionistas: el mayor, Alejandro, dedicado al Derecho; una hija, Marcela Concepción, con tres licenciaturas: una en Administración de Empresas, Idiomas y Gastronomía; y el más chico, Felipe Armando, es cirujano especialista.

Mientras Armando sostiene entre las manos la medalla Maestro Altamirano, pide dedicar un momento a su esposa Blanca Estela Guillén Rodríguez. “Mire, nada es mío, ella, mi esposa, es la ganadora de esto; todos creemos o pensamos que cuando logramos algo muy grande es porque somos lo máximo y nos olvidamos de la señora, que está allá en la casa esperando que yo llegue, para darme de comer, para felicitarme por esto, que la verdad ella es la que se lo ganó, por ella modifiqué mi vida, por ella hicimos a nuestros hijos, por ella estoy viendo este momento tan especial, así que a ella, es de ella”, concluye con un nudo en la garganta, conteniendo las lágrimas de felicidad.