Avance y estancamiento

"Francisco Valdés Ugalde * SUN. El pasado lunes 22 de mayo apareció en las páginas de El Universal la sexta evaluación anual sobre la democracia realizada por este diario desde 2002 y conducida por Carlos Ordónez. Los resultados de esta encuesta periódica son reveladores de lo que ocurre debajo del fragor mediático de las campanas electorales; de lo que piensan y sienten los ciudadanos de carne y hueso que con sus votos determinan el desarrollo político del país y sus regiones.

El primer dato inquietante es la insatisfacción de 58% de los entrevistados con la manera en que la democracia funciona en México y el otorgamiento de una calificación promedio de 5.8 puntos sobre 10 a la pregunta de ""qué tan democrático es nuestro país"", para inmediatamente reconfortarnos con una sólida implantación cultural de este sistema de organización política.

El 66% la prefiere sobre cualquier otra forma de gobierno, 61% está en desacuerdo con que pueda haber un gobierno no democrático ""en determinadas circunstancias"", y 53% rechaza la posibilidad de que hubiese un dictador que pudiera resolver los problemas económicos y dar a todos un trabajo. Y así, la sucesión de preguntas sobre la preferencia democrática por encima de medidas o actitudes que pudieran menoscabarla obtienen consistentemente una opinión favorable a la primera.

zDe dónde proviene entonces la insatisfacción, si se supone que ya tenemos un sistema político democrático y que hemos alcanzado la ""normalidad"" dentro de ese modo de gobierno?

Como suele ocurrir -y qué bueno que también acontezca en nuestro país-, el problema es que los ciudadanos no se conforman con una democracia en panales, como sí lo hacen muchos políticos que con ella se han hecho un traje a la medida para no promover las reformas que nos den no sólo con elecciones libres, sino un Estado democrático que vaya más allá de sus intereses inmediatos.

El primer factor de inconformidad que identifica la encuesta es la corrupción. Le sigue el incumplimiento de promesas de campana, el comportamiento de los partidos y el abuso de poder. Alguno de estos elementos es identificado por 47% de entrevistados como la principal falla de la democracia mexicana. Se puede agregar que 6% menciona otro factor: ""El mal gobierno"".

Si admitimos que todas estas fallas tienen un común denominador, sacaríamos en conclusión que la falla central es la falta de controles, la ausencia de rendición de cuentas, las deficiencias del servicio al público y, sin duda, la capacidad que siguen teniendo los que detentan el poder para aprovecharse indebidamente de los cargos públicos. Dos viejos vicios de la política mexicana siguen presentes: patrimonialismo y discrecionalidad.

Esta y otras encuestas confirman la percepción de los ciudadanos de la calidad del sistema político. Los mexicanos preferimos la democracia y estamos dispuestos a defenderla, a rechazar cualquier intento de restaurar el autoritarismo, pues no es poca cosa lo que nos ha costado implantarla. Pero seguimos pensando que tenemos sobreabundancia de malos gobernantes y deficientes estructuras de gobierno. Aunque las preguntas de la encuesta de nuestra casa editorial no hayan sido formuladas de esa manera, pueden interpretarse en ese sentido.

zQué hay detrás de la corrupción, del comportamiento de la partidocracia, del abuso de poder, del mal gobierno? Al menos podemos pensar en dos cosas. Primero, ausencia de una moral pública extendida en la clase política que guíe su actuar de acuerdo con valores auténticamente republicanos. Segundo, un sistema de leyes, reglas y principios de acción -unos heredados del viejo sistema, otros renovados por sus reformadores- que no solamente no impiden sino que frecuentemente alientan las conductas que en conjunto los ciudadanos rechazan.

Casi nadie está convencido de que la libertad de elegir gobernantes haya sido suficiente para alcanzar la meta de que éstos actúen por lo menos cumpliendo con los estándares básicos de la rendición de cuentas. A lo largo de los últimos anos hemos presenciado actos de corrupción por parte de todos los partidos y ha quedado al desnudo que este vicio no ha sido desterrado.

A diferencia de las democracias contemporáneas de más larga data, en la nuestra los ciudadanos no son el origen histórico ni primigenio del poder. En sociedades heterogéneas como la nuestra, en la que sistemas oligárquicos y autoritarios precedieron la presencia de elecciones libres y ciudadanías ""completas"", persisten poderes fácticos anejos, más diablos por viejos que la astucia novicia de la inteligencia ciudadana.

Patrimonialismo y discrecionalidad son instituciones informales pero bien entretejidas con las reglas formales y las normas jurídicas. A través de estas dos características de la cultura del poder, quienes lo detentan imponen sus intereses, ya sea pragmáticamente o mediante el abuso de normas e instituciones que son insuficientes para contenerlos. El principio de igualdad ante la ley y la obligación de rendir cuentas existen en México en un exceso de formalidad. Desde luego están en la Constitución y las leyes. Pero la sociología de la ley y la justicia pone una y otra vez de manifiesto que existen múltiples maneras de escapar a su cumplimiento que no pocas veces ""salvan"" del castigo a responsables de cometer ilícitos por razones de conveniencia política o mediante la compra descarnada de gracia y favores. Mientras los políticos sucumben a la lucha mediática convirtiéndose en objetos de la mercadotecnia, los ciudadanos tienen una percepción más objetiva, si bien desencantada, del estado real que guarda el ejercicio del poder, y de cuán lejos está de haber sido sometido a los cánones de una democracia moderna. [email protected] * Investigador del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM.

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