"De inmediato corrieron rumores de que había sido un atentado. No bien se desplomó el avión, en todas partes se especulaba sobre la posible intencionalidad del acto en contra de un gobierno que quiere combatir a fondo al crimen organizado.
No resulta extrana la reacción inmediata. Dos factores conspiran para que así ocurra: uno es la secular desinformación en que el poder ha mantenido a la sociedad mexicana durante generaciones, y el otro es el clima de violencia delincuencial y encono en que se encuentran la sociedad y la política en México.
Las autoridades han procedido a esclarecer los hechos. Parece que lo han hecho correctamente, pero el efecto de verosimilitud no consigue hacerse presente en la magnitud necesaria. Los dos factores arriba mencionados parecen seguir reinando sobre la moral pública, al grado de desconfiar de la información generada por la autoridad.
No podemos dejar de lado que en la sociedad mexicana predominan las creencias sobre la verificación de información. Preferimos creer que constatar. Esto ocurre en los asuntos públicos al igual que en los privados. Es como si la creencia centenaria en la divina providencia fuera el asidero ante una tradición ayuna de información pública veraz y confiable.
Quizá haya que esperar algún tiempo para saber con mayor margen de credibilidad si la información emitida por las autoridades se apega a los hechos. Contra esa credibilidad conspiró el propio discurso del Presidente de la República el martes por la noche, cuando llamó a sus colaboradores a no ""doblegarse"" ante situaciones adversas. Al momento en que fue pronunciado, el discurso parecía indicar que el Presidente tenía razones de peso para hacer de un discurso luctuoso un llamado a no dejar la plaza. El funeral del ex secretario de Gobernación, celebrado con ribetes heroicos, mantuvo este tono en los días sucesivos.
Más allá de la información gubernamental, poco se ha reflexionado sobre cómo puede ser posible, si es que fue un accidente, que el avión en que viajaba el responsable de la seguridad interna y otro funcionario destacado por su confrontación con la delincuencia organizada pudo mantener una distancia poco prudente y fuera de reglamento de la nave que le antecedía. También extrana que el piloto del avión oficial pareciera no haber atendido a las instrucciones del control aeroportuario o acaso haber violentado dichas instrucciones en función de un presunto apuro.
Si la seguridad nacional es una prioridad para el gobierno y para la sociedad, debe aclararse con toda seriedad si el accidente, en caso de que se comprobase inequívocamente que lo fue, se debió a causas ajenas a la voluntad humana o a descuido o negligencia por parte de los encargados de la seguridad de los funcionarios o de la administración del tráfico aéreo. Si el accidente tuvo en su origen algún error o negligencia, más vale saberlo para corregir a tiempo eventualidades que no deberían repetirse bajo ninguna circunstancia y menos en la actual, de por sí ya cargada de amenazas y violencia. [email protected] * Investigador del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM,
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