Bailando el ritmo de la vida

Bailando el ritmo de la vida

Saco, corbata y zapatos bien boleados han sido los requisitos indispensables de su vestimenta para convertirse en lo que es ahora, un bailarín de dos colores, con personalidad del baile.

Desde los 11 años, José Luis Penagos Martínez, originario de San Cristóbal de las Casas, aprovechó las tardeadas y tocadas del barrio para disfrutar de los diversos ritmos que le han permitido una interacción social con fines de entretenimiento, su gusto por el baile lo conduce a disfrutar de su pareja y de los placeres que le da la vida.

“Desde que tenía 11 años, visto de dos colores nada más, me gustó me encantó y hasta la fecha es la trayectoria de mi personalidad”, dijo.

Para Penagos Martínez, las décadas de los 40’s, 50’s y 60’s, consideradas por muchos como la época dorada de México, marcaron el inicio de su carrera. Durante 20 años bailó en todos los salones de la “capirucha”, denominación que se le daba entonces al Distrito Federal hoy Ciudad de México.

Al llegar a su mayoría de edad, adoptó la cultura y el arte de bailar en los salones como Los Ángeles, California, Colonia, Chamberi y Huajuapan, por mencionar algunos.

“No te dejaban entrar a estos salones sino llevabas corbata, saco y bien voleado, y las mujeres de falda, vestido y zapatillas, era una cultura”, cuenta.

Fue en los grandes salones de la Ciudad de México donde aprendió a bailar el danzón cerrado, danzón floreado, danzón de fantasía, el blues, paso doble, salsa, tango y swing, ritmos hoy poco conocidos por algunos, de ahí que se encontró en el andar por la vida con quien es su pareja, no solo sentimental, sino de baile.

María Esther Álvarez Santos, nativa de Tuxtla Gutiérrez, expresa que las modas han distorcionado no sólo la música y los ritmos, sino también el baile, afortunadamente existe un espacio como el Parque Jardín de la Marimba que le ha permitido escuchar la música, las notas de la melodía que le invocan a transmitir el ritmo que la transporta a una época de la vida.

Hace cinco años, María Esther conoció a José Luis, quien desde entonces la ha llevado con cadencia en un baile improvisado, en donde la música que entra a sus oídos les permite establecer el ritmo que los hace lucir como pareja.

“El baile que practicamos nosotros es libre, es cuestión de afinidad, de entendimiento en la música para poder seguirlo, él inicia el baile mano en mano y mano a la cintura”, señaló María.

Ambos han dicho adiós a la cotidianeidad para formar su propia coreografía, no sólo en el baile sino incluso en su forma de vestir.

“Yo tengo que adaptarme a la vestimenta que él traiga y ver qué tengo para poder combinar”, asegura.

Ante la ausencia de una pista como la de los grandes salones de la Ciudad de México, María Esther se vio en la necesidad de modificar los tacones de cada par de zapatillas, de un buen número de calzado que dice poseer y que aún no supera al del bailarín.

A sus 60 años de edad, José Luis Penagos Martínez ha conformado un museo muy particular, el cual le llevó 30 años y que reúne 140 pares de zapatos para bailar de dos y de tres colores ante la exigencia de quienes gustan verlos

“En automático nos fuimos exigiendo los cambios de vestuario para bailar, que incluye trajes de los años 40, de solapas anchas, de hombreras amplias y los pantalones con pliegues y valenciana. En casa tengo todo un museo de un bailarín de antaño”, concluyó.