En la Gran Muralla China a la Cortina de Hierro, del Muro de Berlín a la Valla de Gaza y al nuevo Muro de la Frontera de México con Estados Unidos, los componentes emocionales cargan de tensión el debate.
El presidente George W. Bush admitió que el Muro de 3 mil kilómetros en la frontera es impensable y muy caro. Su solución está en levantar valladares en los lugares de cruce masivo, crítico, como ya se hizo en San Ysidro y en otros puntos fronterizos.
Sin embargo, a pesar de que esta declaración del presidente de Estados Unidos contiene una gran carga política para uso doméstico, el muro no va a resolver el problema de la emigración de trabajadores mexicanos hacia aquel país, que alcanza más de mil al día, 400,000 al ano. Van porque necesitan empleo, porque aspiran a una vida que aquí no ven que puedan conseguir. No van en afán de aventura ni por cuestiones culturales, como observó el vocero presidencial.
El muro está enconando un problema con aristas claras: económica, política, demográfica, social, laboral y seguridad, entre otras.
El embajador de México en Estados Unidos, Carlos de Icaza, de los más experimentados diplomáticos de carrera con que cuenta actualmente nuestro servicio exterior, participó ayer en una conversación abierta por internet organizada por el periódico The Washington Post, en la que expresó su confianza en que ante todo prevalezca la razón, pues la única forma de resolver el problema es la cooperación internacional.
La vía de la negociación estuvo a punto de fructificar hace cinco anos, pero quisimos más. Circunstancias de índole diversa lo impidieron. Hoy quisiéramos tener la posibilidad de un acuerdo como ese.
Estados Unidos quiere control absoluto sobre sus cruces de frontera, a lo que tiene pleno derecho o, incluso, tiene la potestad de seguir una política de encierro, de barreras, de aislamiento frente a todo aquello que considera un riesgo del exterior.
Por nuestra, parte, México reclama un trato digno para sus braceros. Pero no sólo México: las poderosas organizaciones de trabajadores norteamericanos, American Federation of Labor y Congress of Industrial Organizations (AFL-CIO), el Consejo Nacional de la Raza, la Unión por las Libertades Civiles, la Conferencia de Obispos, la Coalición por la Reforma Fiscal, también están declaradamente a favor de que todos los trabajadores, sin importar su condición migratoria, disfruten de todos los salarios, las prestaciones y los privilegios que su ley otorga. Ciertamente, a nosotros nos convendría observar con atención las necesidades políticas que en Estados Unidos propician, no muy lejos de las elecciones, enérgicas manifestaciones, de mano dura, muy gratas para los sectores radicales. Sobre todo cuando el pantano de Irak no tiene solución en el horizonte cercano y las encuestas no son tan satisfactorias para el gobierno del presidente Bush, como en el pasado.
Pero la conclusión, en tal contexto, será siempre la misma. Mientras no haya un acuerdo migratorio, justo, equilibrado, honorable para ambas partes, el problema seguirá vigente: no sólo para México, también para Estados Unidos.
Es indispensable lograr una negociación que admita la necesidad de los trabajadores migratorios para la economía estadounidense, que considere su temporalidad, que garantice la seguridad de la línea divisoria y que considere el flanco de los derechos humanos.
Hay que admitir, pues, las razones y situaciones de cada parte involucrada hasta llegar al punto en que el acuerdo embone con la solución básica del problema, sin altos costos políticos ni de ninguna naturaleza para ambos países. (El Universal).











