Carlos Madaín Caballero Coutiño, de 51 años, es de los arcaicos peluqueros que sobreviven en la capital chiapaneca, sin olvidar que es apasionado “de hueso colorado” del equipo Cruz Azul.
El negocio se ubica en la 3a Oriente, en el centro de Tuxtla, lugar donde subsisten otras peluquerías “rivales”, ya que son americanistas, sin embargo, la camaradería y solidaridad es más fuerte que cualquier conflicto.
Al interior, algunos rostros custodian el establecimiento, y los emblemas de la escuadra azul distraen la vista; ahí se encuentra Román Aquino, de 86 años, cubierto con una toalla de los “cementeros” que con el paso de las horas se concentra en el masaje que provoca la rasurada y la navaja de afeitar; el cliente se relaja y duerme por minutos.
El peluquero somete al hombre a un tratamiento completo, el cual elimina imperfecciones en el rostro y cabello, pero lo más importante es que utiliza el antiguo estilo: jabón-espuma y toallas húmedas.
“Fuimos aprendices, ayudantes de fígaros, nos instruíamos con la pura observación, y convivir en el entorno fue de mucha ayuda, aunque también con el tiempo conocíamos técnicas para hacer los diferentes tipos de corte.
“Es curioso, pero todos estos estilos que hoy en la era moderna se usan y están de moda, nosotros ya los hicimos y no era algo diferente, fueron de lo más común, pero actualmente son novedosos”, comenta.
Ciertamente observamos este y otros establecimientos del mismo giro con poca clientela, pero también algo que llama la atención es que en su mayoría son personas mayores, acostumbradas a aquellas viejas barberías y peluquerías que aglomeraban las calles de nuestra ciudad en otras épocas.
Caballero sigue conservando los decorados y la estética folclórica y llamativa de estos espacios, aunque para muchos no es importante en el aspecto audiovisual, por lo tanto, este reportaje gráfico trata de darle visibilidad a la muticulturalidad e identidad que siguen perdurando en los escasos establecimientos que resisten en calles de la capital chiapaneca.
“Para muchos curiosos parecen pequeños museos, lamentablemente se extinguen de menos a más; si observamos en cada esquina, hay estéticas y barber shop, todo actualizado y vanguardista, además el ambiente es completamente distinto, esos lugares no cuentan tantas historias”, asevera.
En las repisas y muros se observan afiches, fotografías, tazas, jarras, mantas, colchas, playeras, cubrebocas y todo tipo de objeto que haga referencia a su equipo. Él, sus conocidos y su reducido grupo de clientes gustan de arribar y charlar en el “santuario celeste”.
La vieja silla aguanta el peso de cada persona que ha pasado por ahí; dos gatos se pasean y descansan en los arrumbados sillones cuanto al televisor y grandes espejos cuelgan de la ataviada pared donde Carlos ve pasar el tiempo sin detenerse y la transformación de sus fieles clientes, pero su ermita de “La Máquina” se mantiene firme y aún de pie.












