¡Calabacita Tía!; tradición que se está “muriendo”

¡Calabacita Tía!; tradición que se está “muriendo”

Aunque desde 1560 se tienen los primeros registros de la instalación de altares en Tuxtla Gutiérrez para conmemorar el “Día de Todos Santos“ (1 de noviembre) y del “Día de Muertos” (2 de noviembre), las tradiciones de la ¡Calabacita Tía! en la ciudad están a punto de “morirse” por la falta de difusión entre la misma población, puntualizó el cronista oficial de la capital, José Luis Castro Aguilar.

“Vení, Chalucas, a comé y a bebé, no seas flojo (…) Y diay, pues, Chalucas, ¿aquióras vas a vení…?, son algunas de las palabras que se usaban anteriormente para implorar que almas de las personas fallecidas llegarán a sus casas terrenales.

Aunque se trata de una fecha que es especial para todo el territorio nacional desde la conquista española (en 1524 al 1528) y que se confirmó con la colonización (1528-1560), en la actualidad los niños ya no esperan recibir la calabacita en los hogares, “ellos esperan otra cosa”, dice el cronista.

Anteriormente, la población en los hogares entregaba a los niños, que salían disfrazados de distintos personajes, cañas, naranjas o manzanas.

La dinámica ahora cambió, porque en vez de pedir las frutas esto se intercambia por dinero, no se tiene registro en que fecha comenzó a tener más auge esta forma de pedir calabacita en la ciudad, situación que también se repite en otras zonas del estado.

El tema de las tradiciones en Chiapas también se remontan a las actividades que hacían los Mayas, Zoques y Chiapanecas, ellos ya rendían culto a sus familiares fallecidos, a la muerte en sí.

Entrevistado sobre el tema, Castro Aguilar precisó que ellos -los indios- llevaban las ofrendas a sus difuntos, a quienes les ofrecían bebidas y alimentos. Morir, en esa época, era un concepto que no existía, solamente se trataba de un sueño “temporal”.

En su opinión, las prácticas sociales van cambiando con el paso del tiempo; se convierten en costumbres y, a su vez, forman parte de las tradiciones pero se modifican con los años, sobre todo, en lo que hace referencia a la construcción de los altares.

El día primero de noviembre se reúne la familia para prender las velas a partir de las seis de la tarde. Niños y adultos permanecen estáticos, callados, temerosos. Se escuchan unos gritos: ¡Calabacita tía… ¡Que viva la tía!…

Altares

Un altar de muertos se compone de una mesa que está adornada con ofrendas, para recordar a los difuntos; se les colocan las bebidas y alimentos que más disfrutaban en vida; pero también le acompañan fotografías con arreglo en colores blancos y morados.

El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo forman parte de los tres escalones que se colocan en los altares; las cuatro veladoras que encienden al frente representan a los cuatro puntos cardinales, se trata de iluminar el camino de la persona que falleció; la cruz que se coloca forma parte de la muerte misma; el humo, sirve para limpiar el alma de los malos espíritus.

Las comidas (tamales, caldos o pollos), bebidas (pozol, vino, agua, tequila), dulces, panes, fritas, golosinas, flores, vasos, fotografías, adornos, brasero, forman parte del complemento que debe llevar un altar.

Sin embargo, no todo fue así desde el principio, antes de la conquista española los altares se realizaban a un costado de las tumbas, pero el cronista explica que ahora se hacen en mesas y el destino final de las almas se define en dos rubros: el cielo o el infierno, “según el comportamiento que hubieran tenido en vida los difuntos”.

Para este primero y dos de noviembre, se espera que los panteones de la capital chiapaneca y, en general, en todo el estado estarán abarrotados de personas que acuden a compartir parte de su tiempo con los seres que han partido de esta vida; las autoridades implementarán despliegues especiales de seguridad y atención para los ciudadanos que así lo requieran.

Finalmente, el cronista oficial de Tuxtla Gutiérrez, enfatizó que es necesario que las tradiciones se sigan fomentando las tradiciones en las escuelas, con las celebraciones o concursos de altares, que forman parte ya de una cultura mexicana.