Calvario de los palmeros

Abenamar Sánchez * CP. Llegaron para cumplir con una tradición milenaria. Lo dicen orgullosos, con religiosidad. Unos sentados o parados a cielo abierto y otros arrejuntados donde los cimientos de los grandes templos católicos se apuran tejiendo o liando palmas, a cambio de unos pesos, para este Domingo de Ramos. Es también parte de su calvario de sobrevivencia.

-Venimos de Aguacatenango -dice Víctor Aguilar.

Víctor y familia llegaron a la capital de Chiapas la manana del viernes. Tocado con sombrero en el atrio de la Catedral de San Marcos para resistir las inclemencias del sol sabatino, explica sobre la marcha del trabajo que Aguacatenango, una comunidad tzeltal, queda en el municipio de Venustiano Carranza.

-A tres horas de Tuxtla (Gutiérrez) -dirá al rato Santos Méndez.

Víctor trajo doscientas palmas repartidas en veinte manojos: a cinco pesos cada palmita tejida en cruz u otra figura, y a dos pesos en su estado natural. Las recolectó en la montana. Hoy las exhibe sobre un mantel en el amplio pasillo frente a la Catedral en el corazón de la ciudad.

-Cuánto es lo menos -suelta sin tapujos un hombre viejo.

-A cinco pesos las tejidas y a dos las normales -responde Víctor.

-Cuánto es lo menos.

-No me resulta.

Pero al final, el hombre mete a un costal siete figuras por veinte pesos. Se marcha con aire de ganador, bajo el sol de las dos de la tarde. Víctor lo despide con una mirada triste.

Juan Gómez lo justifica:

-Venimos a cumplir con una tradición (da a entender que desde la conquista espanola, al hablar de siglos).

Sentado al lado de su madre Josefa, quien recargada sobre la pared disena o teje una cruz, Juan Gómez cuenta que hace anos el Ayuntamiento capitalino quiso fijarles una cuota de 200 pesos por piso. La respuesta de los tzeltales habría sido contundente:

-Si ustedes ponen la cuota, nosotros ya no participaremos en la tradición.

Nada de cuota. Bajo autorización de la autoridad católica, hombres y mujeres indígenas ocupan desde tres días antes del Domingo de Ramos el atrio de la Catedral. El viernes por la noche les llovió, y se protegieron bajo los aleros de edificios cercanos. Este día apenas venden una que otra palma. La esperanza es este día.

-La manana -dice Santos.

Santos Méndez, joven, con aire rudo y con esposa y un hijo: el pequeno Eduardo, está agazapado bajo la sombra del recodo de la barda frontal del Templo del Calvario, sobre la tercera Sur Poniente, mientras teje una palma. Al lado, sobre un trapo tiene tres o cuatro cruces hechas. Trae con su familia ciento cincuenta palmas.

-El lunes nos vamos a casa -adelanta.

Donde el templo de la Virgen de Guadalupe, sobre la Avenida Central Poniente, Santiago Vázquez cuenta que cada familia trae a la capital entre ciento cincuenta a doscientas palmas. No siempre se venden todas. Pero de todas maneras las palmas que sobran o no se alcanzan a vender van a dar a los templos católicos.

Por el momento, todos tienen la esperanza de vender bien. Frente al templo de la Guadalupe, hombres y mujeres -sentados o sentadas sobre la acera- trabajan sin inmutarse bajo el sol quemante. La esperanza es este Domingo de Ramos.