El deporte favorito de los mexicanos, como del mundo entero, es el futbol. Nadie lo duda. A veces se llega a comparar con una religión. No es una exageración: surgieron conflictos armados entre países por su causa -o con el pretexto de- y regímenes autoritarios se sostuvieron en el poder con la ayuda del bienestar artificial que desata una buena actuación de la selección nacional.
Si alguna duda cabe de su influencia en este país basta con recordar lo sucedido hace unas semanas respecto del conflicto entre televisoras, partidos políticos e IFE. zHabría desatado tanto interés de la opinión pública el asunto de no ser porque fueron interrumpidos con propaganda los partidos de futbol? Difícilmente.
Debe preocuparnos, por tanto, como cualquier otro asunto de interés público, que el tema sea constante fuente de malestar popular. Las razones son de fondo: no es a través de designaciones a nivel directivo como un problema estructural va a cambiar.
Hace falta inversión en fuerzas básicas, continuidad en el cuerpo técnico, ciclos mínimos de cuatro anos rumbo a competencias mundiales y acotación de los intereses privados con leyes que protejan a los deportistas y a los espectadores.
Igual que con la triste actuación mexicana en las pasadas olimpiadas, la conclusión debe ser que los intereses privados -en conjunción con las instituciones públicas- no han formado una estructura que proporcione los incentivos necesarios para desarrollar los talentos inherentes a cualquier población con más de 100 millones de habitantes.
México no tiene una política de Estado respecto al deporte. Apenas comenzó a trabajar un equipo de la Oficina de Planeación Estratégica de la Presidencia para tratar de establecer qué quiere hacer México con él.
Debemos establecer un plan nacional que tenga continuidad y profundidad porque sólo un proyecto de largo plazo, y no cambios de Director Técnico, puede llevarnos a un papel protagónico en el futbol mundial. (El Universal)











