Celebraciones milenarias a las energías del agua

Celebraciones milenarias a las energías del agua

Desde que los humanos tomaron consciencia de que venimos y dependemos de la “Madre Naturaleza”, fundaron sus espiritualidades y sus teologías en el agradecimiento, el respeto, el cuidado y la veneración a las energías del agua y de los otros elementos sin los cuales no podríamos vivir, considerándolos manifestaciones de entidades sagradas.

Los antepasados de las civilizaciones andina y mesoamericana, desde hace más de 14 mil años, veían en dichos bienes de la naturaleza expresiones de la “benevolencia de Dios” hacia sus pueblos y hacia los demás seres con quienes compartían la “Hermana Creación”. El agua es fuente de vida, al igual que los cerros proveedores por donde generalmente brota, debido a lo cual son sacramento de la presencia de la Energía Original de Vida o Cipactli, simbolizada en el fuego, el jaguar o la serpiente en movimiento -en Mesoamérica-, según las teologías indígenas sintetizadas y comparadas por el sacerdote católico zapoteco, Eleazar López Hernández, del Centro Nacional para las Misiones Indígenas (Cenami, 1998).

De acuerdo a una investigación del antropólogo investigador de la comunidad académica del Instituto Pensamiento y Cultura en América Latina (Ipecal) y del Grupo Cultural Nueva Jovel, Jesús Manuel Hidalgo Pérez, en este tema, hace cinco siglos, hubo una afortunada coincidencia de la cruz cristiana con las propias de los pueblos originarios, que representaban el universo con sus cuatro orientaciones cardinales y el ombligo o centro, donde -según los respectivos mitos antiguos- las divinidades organizan el mundo mediante la colaboración de los humanos, que a partir de la etapa sedentaria y más precisamente durante el periodo clásico de las ciudades de las dos grandes civilizaciones de América, las usan con frecuencia en su vida cotidiana y ceremonial, así como en su arquitectura monumental, tal como todavía las podemos apreciar en las ruinas de Tachakná en Bolivia, o en las ciudades de Palenque y Toniná, en Chiapas.

Aquí, desde el pasado fin de semana, en medio de los cuidados necesarios por la pandemia, se realizaron celebraciones importantes entre los mayas y los zoques contemporáneos, así como entre los mayas ladinos hispanohablantes y los zoques ladinos urbanos de casi todos los pueblos y ciudades de nuestro estado. Entre una docena de lugares en San Cristóbal de Las Casas, podemos mencionar al manantial de Quembó en Cuxtitali, en la Garita, en la Almolonga, en los humedales del sur, en San Felipe Ecatepec, en Zacualpa, en el Huitepec, en las colonias Primero de Enero y 24 de Junio, en el manantial de La Hormiga y en el barrio antiguo del Ojo de Agua. Al mismo tiempo que en el volcán apagado del Zontevits se congregaron las autoridades civiles y los servidores rituales de todas las comunidades de San Juan Chamula, el más populoso y tradicional de los Altos de Chiapas.

En Tuxtla Gutiérrez destacaron los festejos y rituales en la colonia Plan de Ayala y en Santa Cruz de Terán, que es su “Fiesta Grande o Patronal”. En este último caso, los ancianos recordaron que sus antepasados también iban a orar a las cinco vertientes de agua que rodean el cerro proveedor de Mactumatzá, ya que ancestralmente Terán es uno de los pueblos más cercanos a dicha montaña sagrada, cuyos mantos acuíferos le dieron, sin lugar a duda, el nombre de Santa Cruz.

Con esta información, se pretende contribuir al reconocimiento de las raíces profundas de las identidades socioculturales de nuestros pueblos, al mismo tiempo que se busca hacer visibles a estos miles de “guardianes de la Memoria Ancestral”, algunos de los cuales -como en el barrio originario de Cuxtitali, en San Cristóbal- celebraron en el manantial de su territorio para tomar fuerza colectiva desde su fe y poder así continuar en la defensa organizada de los bienes naturales comunes ancestrales, que desde hace una década son amenazados por intereses extraños. En esta ocasión iniciaron la convivencia con la eucaristía concelebrada y el sermón, presididos por su obispo católico, monseñor Rodrigo Díaz Martínez.