Cerca de EU| lejos de Obama

Durante la mayor parte del siglo XX y hasta la primera década de este siglo, Estados Unidos fue un país gobernado por el miedo y ocupado hasta la obsesión por el tema de la seguridad. Particularmente los presidentes republicanos se encargaron de hacer que las prioridades de su país se subordinaran a esa angustia. En nombre de la seguridad iniciaron guerras, derrocaron gobiernos y apoyaron dictaduras. El autoritarismo expresado fuera de casa provino siempre del autoritarismo dentro de ella. La trágica manipulación demagógica del senador Joseph McCarthy limitó las libertades. Algo parecido sucedió durante la era Reagan y subrayadamente durante el gobierno de George W. Bush, después del atentado a las Torres Gemelas.

Temerosos, los ciudadanos estadounidenses aceptaron renunciar a sus libertades a cambio de protección. El punto más álgido de la paranoia llegó con el Acta Patriótica que autorizó la violación de las libertades individuales en nombre de la guerra contra el terrorismo.

La llegada de Barack Obama a la Casa Blanca representa el fin de una larga época. El nuevo presidente comprende que Estados Unidos cultivó el odio de millones de personas en todo el mundo con su inveterada violación a los derechos humanos. Esta semana aseguró que su gobierno no sucumbirá a la mentalidad que gusta del estado de sitio, mientras sacrifica las libertades que constituyen a la sociedad abierta.

Resulta entonces inevitable preguntarnos, en tanto que mexicanos, cuánta distancia hemos tomado con respecto al conservadurismo que imperó durante el siglo XX en nuestro continente. La separación con el nuevo discurso de los vecinos pareciera ser infinita, a juzgar por la actuación del gobierno mexicano que reafirma día a día la creencia de que hay una contradicción entre un país seguro y uno de libertades.

En México se detiene a personas sin órdenes de aprehensión, se sustentan averiguaciones previas con base sólo en declaraciones de criminales, se protege a elementos de seguridad acusados de cometer delitos, entre otros abusos. Peor aún, los derechos de información, de libre tránsito, de privacidad, de presunción de inocencia, son concebidos como obstáculos en lugar de entenderse como parte de un estado democrático.

Existe en efecto, una enorme diferencia entre los Poderes Ejecutivos mexicano y estadounidense; una que se antoja más temporal que geográfica, pues mientras en el norte la seguridad se ha vuelto una parte coherente e integrada al ejercicio de las libertades, aquí seguimos arreglando las cosas al viejo estilo autoritario.

De todas las diferencias, la principal radica en que mientras Washington ha colocado a la inteligencia en el centro de su lucha, México mantiene como recurso fundamental a la fuerza bruta.

El Universal